La Asociación Española de Pediatría (AEP) ha emitido una exigencia formal para la implementación inmediata de medidas que protejan tanto la salud como los procesos de aprendizaje de los niños frente a las altas temperaturas en los centros escolares. Según la organización, el bienestar y la capacidad de concentración de los estudiantes comienzan a deteriorarse cuando la temperatura supera los 26-27ºC, alcanzando niveles que ponen en riesgo la salud infantil una vez se sobrepasan los 32ºC.
A través de un comunicado emitido por su Comité de Salud Medioambiental (CSM-AEP), la asociación ha recordado que existen marcos de referencia internacionales y nacionales para el bienestar térmico. En concreto, tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo establecen que el rango óptimo para desarrollar actividades sedentarias, como es el caso del estudio en el aula, se sitúa entre los 20°C y los 24°C.
Sin embargo, la realidad de las infraestructuras educativas en España presenta desafíos significativos. La AEP señala que muchas escuelas fueron diseñadas bajo condiciones climáticas muy diferentes a las actuales, lo que se traduce en limitaciones estructurales graves para combatir el calor. Entre los problemas más destacados se encuentran los patios excesivamente pavimentados, la ausencia de zonas de sombra, la falta de ventilación adecuada y edificaciones que no cuentan con una adaptación térmica eficiente.
Ante este escenario, Juan Antonio Ortega, coordinador del CSM-AEP, ha subrayado la necesidad de que las escuelas se conviertan en refugios climáticos y entornos protectores para la infancia. Ortega ha sido enfático al afirmar que la adaptación climática de los centros educativos no debe entenderse como una medida de confort o un lujo arquitectónico, sino como una inversión fundamental en salud infantil, aprendizaje y equidad.
La evidencia científica recopilada por la AEP permite detallar el impacto del calor en el rendimiento cognitivo. A partir de los 26-27ºC, el confort térmico se degrada, provocando efectos negativos como la disminución de la concentración, la aparición de fatiga, somnolencia y un incremento en la comisión de errores en tareas cognitivas. Cuando el termómetro supera los 30°C, el ambiente deja de ser apto para el aprendizaje. El riesgo se vuelve crítico al rebasar los 32-33ºC, momento en el que la salud de la población vulnerable, grupo en el que se incluyen los niños, se ve comprometida.
Los datos estadísticos refuerzan esta preocupación. Diversos estudios indican que, en aulas situadas entre los 20 y 25°C, por cada grado que descienda la temperatura, las respuestas correctas en matemáticas aumentan en un 10 %. Asimismo, aquellos estudiantes que perciben una comodidad térmica adecuada logran hasta un 4 % más de aciertos. En sentido contrario, por cada grado de aumento en la temperatura, los resultados académicos caen un 0,4 %. El impacto es especialmente grave en casos de calor extremo en aulas sin climatización, donde la probabilidad de suspender aumenta en un 12,3 %.
El problema no se limita únicamente a la temperatura, sino que se extiende a la calidad del aire interior. La AEP advierte que la temperatura y la ventilación están intrínsecamente ligadas. Niveles de dióxido de carbono (CO2) superiores a 1.400 ppm se asocian con una reducción del 10 % en la memoria visual. Incluso incrementos menores, de apenas 200 ppm, pueden provocar una pérdida acumulada equivalente a un día lectivo por alumno al año.
Para combatir esta situación, los pediatras recomiendan una estrategia integral de adaptación climática. Esta propuesta combina soluciones arquitectónicas, ambientales y organizativas, tales como la mejora de la ventilación natural y cruzada, la monitorización constante de la humedad, la temperatura y la calidad del aire, así como la creación de arbolado y sombra en los patios. También sugieren la incorporación de soluciones basadas en la naturaleza y el uso de sistemas energéticamente eficientes.
Además de las mejoras estructurales, la AEP aconseja garantizar el acceso constante al agua y promover hábitos de hidratación frecuentes, junto con la reorganización de las actividades físicas o al aire libre según las condiciones ambientales. El doctor Ortega concluye que no se debe esperar a que se alcancen los 30, 32 o 35°C para actuar, instando a aplicar el principio de precaución. Según el experto, a partir de los 26-27°C ya deben activarse medidas de reorganización, ventilación, hidratación y, en caso de que no se garanticen condiciones seguras, la reubicación o suspensión de la actividad lectiva, advirtiendo que esperar al golpe de calor es llegar tarde.


