Llegó el frío y con él la frase automática: "me engripé". Pero cuidado, porque en la mayoría de los casos, no se trata de una gripe. Aunque comparten síntomas, el resfrío y la gripe son distintos y saber diferenciarlos es clave para entender cómo evolucionan.
El resfrío es leve y progresivo. Suele comenzar con molestias en la garganta, estornudos o secreción nasal. Con el paso de los días, aparece la congestión y puede sumarse la tos. Según los CDC, este cuadro alcanza su punto máximo entre el segundo y tercer día para luego mejorar. Es importante saber que el cambio de color en el moco es parte de la evolución normal y no necesariamente una señal de alarma.
La gripe, en cambio, golpea de entrada. Se presenta de forma repentina con fiebre alta, dolores musculares intensos y un cansancio marcado que, a diferencia del resfrío, obliga a guardar cama y suspender la rutina.
Ambas son infecciones virales que generalmente se resuelven solas. La Mayo Clinic indica que la mayoría de los resfríos mejoran en un plazo de siete a diez días. Sobre la medicación, los analgésicos o antigripales de venta libre alivian los síntomas, pero no curan la enfermedad ni acortan su duración.
En cuanto a la rutina, si el cuadro es leve y sin fiebre, se puede seguir activo bajando la intensidad; pero ante la debilidad, el descanso es fundamental. Para evitar contagios, es vital ventilar ambientes, lavarse las manos y cubrirse al toser.
¿Cuándo consultar al médico? Preste atención a las señales de alerta: fiebre alta sostenida, dificultad para respirar, dolor en el pecho o un empeoramiento claro tras varios días son motivos para buscar atención profesional.
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