La ciudad de La Habana conserva en sus calles las huellas de diversas etapas económicas y sociales, y pocos lugares ejemplifican mejor esta transformación que la antigua tienda Ultra. Hubo un tiempo en que acercarse a este establecimiento significaba, para el ciudadano, prepararse para entrar en un clima completamente distinto al exterior. En aquel entonces, bastaba llegar a la puerta para sentir la bocanada de aire acondicionado que escapaba hacia la acera, ofreciendo una ráfaga fresca que contrastaba drásticamente con el calor pegajoso y húmedo característico de la capital cubana.
Durante los años 90, en un periodo donde la dolarización comenzó a transformar profundamente el comercio en Cuba, la tienda Ultra se posicionó como uno de los primeros y más grandes establecimientos de la capital en iniciar la venta de productos en dólares estadounidenses. Sus amplios salones y sus departamentos especializados la convirtieron rápidamente en una referencia fundamental para la población. En una época marcada por la escasez generalizada, Ultra era el destino para quienes buscaban desde prendas de ropa hasta electrodomésticos, consolidándose como un símbolo de disponibilidad y modernidad comercial.
Sin embargo, la realidad actual del portal de la antigua tienda ofrece una experiencia diametralmente opuesta a aquella gloria pasada. Ya no existen las corrientes de aire frío que recibían a los clientes; en su lugar, emana un olor acre que obliga a los transeúntes a acelerar el paso para evitar la incomodidad. Donde anteriormente se formaban largas colas de compradores ansiosos por adquirir mercancías, ahora discurre un pequeño riachuelo de orina que nace cerca de la entrada principal y se extiende sobre el piso de granito. Esta imagen se presenta como una metáfora del estado nacional: el aroma a limpieza y prosperidad desapareció hace mucho tiempo, dejando atrás un flujo constante de abandono.
El deterioro físico del inmueble es evidente y alarmante. Las vidrieras, ahora rotas, han sido tapadas con tablones y cubiertas por grafitis, intentando ocultar el desgaste interno. Detrás de los cristales polvorientos, aún sobreviven algunos vinilos publicitarios que anuncian la venta de embutidos y pollo. Estos anuncios parecen mensajes llegados de otra época, como si alguien hubiera congelado el instante final antes del cierre definitivo del local. A este deterioro visual se suman las manchas oscuras dejadas por la humedad y los marcos desgastados, sumado a las tupiciones de aguas albañales que, durante años, afectaron la estructura del inmueble y terminaron por acelerar un proceso de ruina que ya parecía inevitable.
En la acera, el comportamiento de los ciudadanos refleja una adaptación social al deterioro. Los transeúntes pasan junto a la escena con la naturalidad de quien ha aprendido a convivir con la decadencia urbana. Se puede observar a una joven abanicándose mientras avanza por el portal, o a otra persona sorteando el charco de orina sin siquiera mirar hacia abajo. Nadie parece sorprenderse de que uno de los comercios más emblemáticos de la ciudad haya terminado convertido en un baño improvisado. En una urbe donde la infraestructura pública se desmorona a la vista de todos, incluso las ruinas más ilustres acaban normalizándose en la cotidianidad del habitante.
La suerte de la tienda Ultra comenzó a torcerse mucho antes de su cierre total. A medida que surgían nuevos establecimientos y las prioridades comerciales del país cambiaban, el edificio fue quedando rezagado y perdiendo su atractivo. La estocada final ocurrió cuando la más reciente ola de dolarización seleccionó otros mercados para la venta en moneda extranjera, dejando a Ultra fuera de la dinámica económica actual.
Al caer la noche, la historia del edificio adquiere un matiz diferente. Los portales, que alguna vez fueron el acceso a la modernidad, ahora sirven de refugio para personas sin hogar. Donde antes los clientes recorrían departamentos iluminados examinando mercancías novedosas, ahora otros extienden cartones para intentar dormir. El inmueble sigue ofreciendo cobijo a quienes lo necesitan, aunque lo hace de una forma muy distinta a la que imaginaron sus constructores originales.


