La Ciudad de México atraviesa un fenómeno visual denominado "ajolotización". La imagen del anfibio emblemático se ha multiplicado en el paisaje urbano, apareciendo en puentes, luminarias, bardas y diversos espacios públicos. Su figura no solo decora la ciudad, sino que se ha integrado en souvenirs, campañas turísticas y ha llegado incluso a formar parte de la imagen oficial rumbo al Mundial de Fútbol 2026. Sin embargo, detrás de esta omnipresencia estética se esconde una realidad alarmante: mientras la imagen del ajolote se expande en la propaganda, los ejemplares silvestres se acercan cada día más a la extinción.
El Gobierno de la Ciudad de México ha celebrado que este anfibio se convierta en uno de los principales símbolos de identidad de la capital. No obstante, existe una contradicción profunda entre la visibilidad de la especie en el concreto y su supervivencia en el hábitat natural. Los datos científicos revelan un desplome poblacional drástico en los canales de Xochimilco. En 1998, se registraban aproximadamente seis mil ajolotes por kilómetro cuadrado. Para el año 2003, esta cifra descendió a mil, y en 2008 la población cayó a apenas cien ejemplares por kilómetro cuadrado. El último censo publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2014 registró solamente 36 ejemplares por kilómetro cuadrado, lo que representa una caída de más del 99 por ciento en un periodo de 16 años. Investigadores que participan en censos actuales advierten que la situación podría ser incluso más grave de lo reportado.
La comunidad científica ha identificado con claridad las amenazas que empujan al ajolote al borde de la desaparición. Entre los factores principales se encuentran la contaminación del agua, la destrucción de su ecosistema, una urbanización descontrolada y la pérdida de las chinampas tradicionales. Asimismo, la sobreexplotación de los cuerpos de agua y la introducción de especies invasoras, como la tilapia y la carpa —que compiten por alimento y devoran los huevos del anfibio— han sido determinantes en este proceso.
A pesar de que el problema es conocido desde hace décadas, los esfuerzos del Gobierno de la Ciudad de México se han concentrado en acciones de difusión, museos, eventos culturales y actividades recreativas. Si bien estas iniciativas pueden generar conciencia, no han logrado traducirse en resultados concretos de conservación. La realidad es que el programa de preservación más serio y reconocido internacionalmente no proviene del gobierno capitalino, sino de la UNAM.
Desde hace más de veinte años, el doctor Luis Zambrano y el Laboratorio de Restauración Ecológica de la UNAM implementan el proyecto "Chinampa Refugio". Este programa parte de la premisa de que para salvar al ajolote es indispensable rescatar primero el ecosistema de Xochimilco. Para ello, se restauran chinampas tradicionales, se instalan biofiltros naturales para mejorar la calidad del agua y se crean refugios protegidos que aíslan a los ajolotes de las especies invasoras. Además, el proyecto apoya a los productores locales para fomentar métodos de cultivo sustentables, buscando recuperar el equilibrio ecológico del sistema lacustre. Actualmente, existen decenas de estas chinampas-refugio funcionando como laboratorios vivos, complementados con la campaña "AdoptAxolotl" para financiar investigaciones y la restauración del hábitat.
Paradójicamente, mientras se promueve la imagen del animal, el Gobierno federal ha reducido significativamente los recursos destinados a los programas de investigación y preservación de la UNAM. El recorte presupuestal en universidades y centros de investigación, sumado a la desaparición de fideicomisos que financiaban proyectos de largo plazo, ha afectado áreas críticas de biodiversidad y conservación ambiental. Muchas instituciones han tenido que sostener sus programas mediante convenios internacionales y financiamientos alternativos.
La contradicción alcanza un punto crítico al analizar la inversión pública. Mientras se destinan recursos a pintar ajolotes en cruces peatonales —en lugar de implementar cebras que sigan estándares internacionales de seguridad—, los fondos para la ciencia y la restauración de hábitats son cada vez más limitados. A esto se suma una advertencia ambiental: el urbanista Felipe Leal señala que la pintura masiva utilizada en el concreto de la ciudad es altamente contaminante. Al ser pinturas a base de aceite, liberan compuestos químicos y solventes al aire durante su aplicación y degradación. Además, este recubrimiento impide la respiración natural de los materiales, incrementa la temperatura de las superficies y sus residuos terminan contaminando el drenaje y los cuerpos de agua.
En conclusión, el Gobierno de la Ciudad de México ha logrado convertir al ajolote en un emblema visual, pero no ha logrado revertir la contaminación de los canales ni detener el crecimiento irregular sobre el suelo de conservación. La evidencia es clara: la población ha pasado de miles a unas pocas decenas por kilómetro cuadrado. La pregunta permanece abierta sobre si la prioridad es salvar la especie o simplemente utilizar su imagen mientras desaparece. La experiencia de la UNAM demuestra que existen soluciones técnicas; lo que falta es la voluntad política para escalarlas y priorizar la ciencia sobre la estética urbana.


