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El viaje de 1799 de Dorvo Soulastre: un retrato detallado del antiguo Santo Domingo

Soulastre describe el paisaje que existía desde los muros de la Ciudad Colonial hasta el río Isabela, plantado de árboles, como palmeras, acacias, caobas.

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El viaje de 1799 de Dorvo Soulastre: un retrato detallado del antiguo Santo Domingo
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Un antiguo relato francés de 1799 revela secretos fascinantes sobre la vida en la Santo Domingo colonial. Dorvo Soulastre, quien viajó desde la capital hasta el Cabo Haitiano, documentó en sus escritos la geografía, las costumbres y la sencillez de la sociedad dominicana de finales del siglo XVIII. El testimonio destaca por rescatar posibles orígenes de la emblemática habichuela con dulce, mencionada como frijoles azucarados. Además, describe un paisaje exuberante y confirma la existencia de rutas comerciales organizadas de café desde el Cibao hacia la capital. Esta obra, conservada en la Biblioteca Nacional de Francia, permite reconstruir con precisión el mapa social y económico de la época, desde la vida en humildes chozas hasta la organización del transporte de mercancías en la isla.

El estudio de los relatos dejados por el francés Dorvo Soulastre permite reconstruir una imagen detallada de la vida, la geografía y las costumbres de la parte española de Santo Domingo a finales del siglo XVIII. Soulastre, quien se desempeñó como procurador fiscal de la colonia francesa de Saint Domingue, llegó a la isla el 27 de marzo de 1799, integrando la comitiva del general de división Gabriel Marie Théodore Joseph, conde de Hédouville.

La misión del conde de Hédouville tenía como objetivo principal estudiar la situación minera de la región. La expedición partió de Francia el 18 de febrero de 1798 y arribó a Santo Domingo a bordo de tres fragatas: la Bravoure, la Cocarde y la Sirène, todas ellas bajo el mando del capitán Gilbert-Amable Faure de Fournoux. Una vez en tierra, el grupo emprendió una travesía terrestre desde la capital hacia Cap Français, hoy conocido como Cabo Haitiano, un recorrido que para la época era considerado extraordinario y sumamente arriesgado.

Los pormenores de este viaje fueron documentados por Soulastre en una obra titulada “Voyage par terre de la capitale de la partie espagnole de Saint-Domingue au Cap-Français”. Aunque el libro fue referenciado en el país por el doctor Emilio Rodríguez Demorizi en su trabajo “La Era de Francia en Santo Domingo”, no se tiene constancia de una edición en español. No obstante, el texto original de 1809 se encuentra disponible en la Biblioteca Nacional de Francia, a través de su plataforma Gallica.

En sus escritos, Soulastre ofrece una visión íntima de la sociedad dominicana de finales del siglo XVIII. Describe la sencillez de la vida campesina, retratando la felicidad del agricultor en una humilde choza donde cuelgan hamacas y se cultivan pequeñas parcelas de tabaco y hortalizas. Según el relato, la ambición del campesino se limitaba a cubrir sus necesidades físicas básicas, mientras que las tareas del hogar y el cuidado de los rebaños se distribuían entre los miembros de la familia.

Uno de los hallazgos más interesantes del testimonio de Soulastre es su referencia a la gastronomía local. Durante su visita a la residencia del francés François Delalande, ubicada a las afueras de Santo Domingo, el expedicionario observó la preparación de los denominados “frijoles azucarados” días antes del Domingo de Ramos. Este detalle ha llevado a diversos investigadores a plantear que podría tratarse de una de las primeras referencias escritas sobre el origen de las habichuelas con dulce, tradición emblemática de la Semana Santa dominicana.

En cuanto al entorno geográfico, Soulastre describe un paisaje exuberante y fértil. Al salir por el norte de Santo Domingo, la expedición cruzó el río Isabela en una zona cercana a donde se ubica actualmente el Puente Peynado. El camino seguía un trillo que bordeaba la planicie de lo que hoy son Villa Mella y La Victoria. El autor señala que, hasta llegar a Cotuí, solo encontró una pequeña aldea, lo que sugiere que la región estaba prácticamente despoblada. Esta observación coincide con el mapa de 1750 de Jacques Francois Longchamps, quien describía esa zona montañosa entre el Ozama y el Isabela como casi desierta.

El paisaje descrito desde los muros de la Ciudad Colonial hasta el río Isabela estaba compuesto por una densa vegetación de palmeras, acacias y caobas. Soulastre menciona haber visitado la casa de Doña Teresa Sánchez, situada probablemente entre las actuales avenidas 27 de febrero y Kennedy. Continuando hacia el noroeste, atravesó una pequeña sabana y un bosque variado donde destacaban nuevamente las palmeras y acacias.

El relato menciona la existencia de chozas habitadas por personas negras libres y una vivienda más grande perteneciente a personas blancas, rodeada de cultivos de caña de azúcar y plataneros. También resalta la vivienda de un hombre llamado Juan Martín, situada sobre un montículo que dominaba la llanura del río Isabel, zona que podría corresponder al actual sector Brisas del Isabela.

Finalmente, Soulastre registra un dato clave sobre la economía de la época: el encuentro con una caravana de mulas proveniente de Santiago cargada de café. Este hecho confirma que para 1799 ya existía un sistema organizado de transporte de mercancías desde el Cibao hacia la capital, utilizando rutas que pasaban por el río Isabela, Villa Mella, Sierra Prieta, Guanuma, La Luisa y Bermejo, para luego conectar con Cotuí, La Vega y Santiago.

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