ÚLTIMA HORA

Cobertura global las 24 hs. • jueves, 23 de julio de 2026 • Noticias actualizadas al minuto.

Menú

El quiebre entre familias y escuelas en Chile: el sistema detrás de los apoderados "difíciles"

La reunión de apoderados termina y la madre de uno de los niños se queda a conversar con el profesor.

Audionoticia

Escucha el reporte completo

El quiebre entre familias y escuelas en Chile: el sistema detrás de los apoderados "difíciles"
Puntos clave

El conflicto recurrente entre docentes y apoderados en Chile no es producto de personalidades difíciles, sino de un choque de perspectivas. Mientras la escuela evalúa promedios y grupos, la familia ve a un individuo único, transformando observaciones conductuales en etiquetas que generan tensiones y malentendidos sistémicos. Este problema se agrava por un modelo educativo basado históricamente en la comunicación unilateral y la presión por el éxito, lo que dispara la ansiedad parental. Cuando los padres desautorizan al docente, el estudiante pierde la capacidad de reconocerse como aprendiz y se fractura su imagen coherente de sí mismo. La solución radica en transformar la relación informativa en un diálogo real. Solo mediante un vínculo basado en la confianza y el reconocimiento mutuo se puede evitar que el niño quede atrapado en la contradicción entre su hogar y su escuela.

Una escena se repite con una regularidad alarmante en casi todas las escuelas chilenas: termina la reunión de apoderados y una madre se queda a solas con el profesor. En un tono que oscila entre la firmeza y la ansiedad, lanza una sentencia clara: “Mi hijo no es como usted lo pintó”. El docente, minutos antes, había señalado que el estudiante presenta dificultades para trabajar en equipo, interrumpe las clases con frecuencia y posee una baja tolerancia a la frustración. Sin embargo, la madre no procesa estas observaciones como una descripción de conductas, sino como una etiqueta: su hijo es un problema.

Este malentendido, que trasciende lo meramente semántico, suele dar inicio a conversaciones que rara vez concluyen de manera satisfactoria para los adultos involucrados y que, fundamentalmente, perjudican al niño que aguarda fuera del aula. Ante este fenómeno, la respuesta convencional tiende a simplificar el problema, atribuyéndolo a la existencia de apoderados difíciles, sobreprotectores o negacionistas que son incapaces de aceptar cualquier crítica que contradiga la imagen idealizada que tienen de sus hijos. Si bien esta perspectiva no es totalmente falsa, resulta engañosa por ser parcial, ya que deposita el conflicto exclusivamente en la psicología individual de los familiares, evitando cuestionar la naturaleza de la relación que el sistema escolar ha construido con las familias en general.

El conflicto surge, en gran medida, porque la familia y la escuela comparten un mismo objeto de atención —el niño—, pero operan bajo lógicas divergentes y a menudo incompatibles. Mientras la escuela trabaja con grupos, promedios y trayectorias evaluadas bajo estándares comunes, la familia se enfoca en un individuo singular e irreemplazable, cuya historia completa solo los padres conocen. En este escenario, cuando el profesor describe a un alumno, lo hace desde una perspectiva limitada a ciertas dimensiones del niño. Del mismo modo, cuando la madre afirma que su hijo no es así, no necesariamente miente, sino que describe a un sujeto que el profesor probablemente no ha visto en el entorno escolar. No se trata, por tanto, de una disputa entre la verdad y el error, sino de un choque entre dos perspectivas parciales que el sistema educativo rara vez ayuda a integrar.

Esta tensión se ve agravada por el historial de la relación entre las instituciones educativas y los hogares en Chile. Durante décadas, prevaleció un modelo donde la escuela convocaba a los apoderados para informarles, no para dialogar. Las reuniones eran monólogos, las libretas de notas funcionaban como comunicados unilaterales y las citaciones al colegio eran interpretadas como señales de que algo andaba mal. Este modelo heredado produjo generaciones de adultos que aprendieron a vincularse con la escuela desde la desconfianza, la actitud defensiva o la delegación total de responsabilidades. Por ello, estas posiciones arraigadas en el sentido común no se resuelven simplemente mediante una circular administrativa que anuncie que la escuela ahora busca establecer una “alianza con las familias”.

Más allá de la malicia, lo que suele complicar el desarrollo de los niños es la ansiedad de los apoderados, la cual es producida y reproducida por el propio sistema. Un entorno que califica prematuramente, que compara permanentemente y que convierte la trayectoria escolar en una serie de umbrales críticos para evitar el rezago, genera una presión constante sobre el éxito del estudiante. Así, el apoderado que impugna una nota, desautoriza al docente frente a su hijo o exige evaluaciones diferenciadas basadas en su propia percepción, suele estar respondiendo a una presión sistémica real que no ha sabido procesar de otra manera. Aunque su reacción sea contraproducente, su origen no es irracional.

Las consecuencias para los estudiantes son tangibles y graves. Un niño que escucha en su hogar que el profesor se equivoca, que la escuela no lo entiende o que él posee capacidades que la institución no reconoce, recibe una información contradictoria. Esto dificulta que el estudiante construya una imagen coherente de sí mismo como aprendiz. El problema no es necesariamente que la crítica a la escuela sea injusta, sino que el niño carece de las herramientas cognitivas y emocionales para sostener tal contradicción sin que algo ceda. Generalmente, lo que se quiebra es la posibilidad de reconocerse como alguien que tiene algo que aprender de ese adulto y de esa experiencia escolar que sus padres han descalificado.

En última instancia, esta fragilidad no comienza con la actitud del apoderado, sino con el vínculo que la escuela ha sido capaz de construir. Una relación basada en la información unilateral produce padres que solo saben reaccionar, y que lo hacen de forma inadecuada. En contraste, un vínculo basado en un diálogo real, donde la escuela reconoce sus límites y las familias sienten que tienen un aporte genuino, produce adultos capaces de sostener frente a sus hijos una imagen de la escuela que sea real, sin idealizaciones ni descartes. Para un niño que intenta ubicarse en el mundo, contar con esa coherencia es fundamental.

Cobertura en Video