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El encuentro entre el "héroe de dos mundos" y Manuela Sáenz en el Perú de 1851

La llegada de Garibaldi a Perú dejó una marca en la historia; su presencia inspiró canciones y celebraciones que reflejan el asombro y entusiasmo por su visita, en la que también conoció a la libertadora Manuela Sáenz en Paita.

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El encuentro entre el "héroe de dos mundos" y Manuela Sáenz en el Perú de 1851
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En mayo de 1851, el puerto de Paita recibió a Giuseppe Garibaldi, el legendario Héroe de Dos Mundos. El líder italiano, símbolo de la unificación de Italia y luchador incansable por la libertad en América, llegó al Perú como exiliado, siendo acogido inicialmente por la Logia Amistad Indisoluble. El momento cumbre de su estancia fue el encuentro con Manuela Sáenz, la Libertadora. Ambos guerreros compartieron una profunda reflexión sobre el legado de Simón Bolívar, coincidiendo en que la libertad no es un regalo que se recibe, sino un derecho que se conquista y se defiende hasta el final. Esta visita trascendió la historia política para instalarse en la cultura popular limeña, dejando una huella que perduró durante décadas a través de canciones y relatos sobre el asombro que causó la presencia del italiano en tierras peruanas.

El 31 de mayo de 1851 marcó un momento singular en la historia cultural y política del Perú con la llegada a las costas de Paita de Giuseppe Garibaldi. Al aproximarse el barco al puerto, el líder italiano expresó al marinero que lo acompañaba que aquello que veían era un sueño, a lo que el hombre de mar respondió aclarando que se trataba del Perú. Garibaldi reconoció entonces que era acogido por una de las culturas más antiguas del mundo y que recibía el saludo de hombres y mujeres que habían combatido junto a Simón Bolívar.

Garibaldi no era un desconocido en la lucha por la libertad. En Europa, se había convertido en el símbolo de la unificación de Italia y de la lucha por la independencia. Había liderado a los camisas rojas en ambos lados de la península con el objetivo de liberar a Italia del dominio borbónico y facilitar el camino hacia la unificación nacional. Para el momento de su llegada al Perú, Garibaldi se encontraba en calidad de exiliado, tras haber participado activamente en diversos conflictos en la América meridional.

Su trayectoria en el continente americano fue extensa y variada. Luchó por la independencia de Río Grande do Sul frente al imperio monárquico de Brasil, participó en la lucha por la independencia de Uruguay y se enfrentó al dictador argentino Juan Manuel de Rosas. Debido a estas hazañas en dos continentes distintos, se le otorgó la distinción de ser llamado “el héroe de dos mundos”.

Al desembarcar en el muelle de Paita, Garibaldi fue recibido por un grupo de caballeros que vestían ternos negros formales. Al frente de este grupo se encontraba Manuel Francisco Herrera Castellanos, quien saludó al italiano mediante un gesto que Garibaldi identificó inmediatamente como francmasón. Herrera Castellanos, en nombre de la Logia Amistad indisoluble de Paita, extendió sus saludos y lanzó una invitación formal para que el héroe asistiera a una 'tenida' al día siguiente por la tarde. Tras una breve conversación con los demás caballeros presentes, el grupo se dirigió hacia el puerto.

Durante el trayecto, Garibaldi manifestó a Herrera su deseo de saludar a doña Manuela Sáenz, a quien describió como la gran amiga del venerable hermano Simón Bolívar. Herrera confirmó que Sáenz residía en el lugar, aunque advirtió que en aquel momento ella atravesaba problemas de salud, aunque expresó su seguridad de que ella aceptaría recibirlo.

Manuela Sáenz, quien ya sentía el peso del tiempo y las deudas de la edad, conservaba en su mirada la locura y la altivez que alguna vez cautivaron a Bolívar. Se recuerda que el Libertador había declarado en una ocasión que había soñado con los ojos de Manuela una y otra vez, comparando ese sentimiento con la angustia de quien está a punto de ser fusilado. Aunque el tiempo la había transformado en una matrona respetable, su belleza y tristeza seguían presentes, inspirando a los enamorados y obligando a los tímidos a hablar solos para evitar el rechazo.

En una tarde soleada de 1851, Manuela Sáenz recibió la visita de un hombre de penetrantes ojos azules, barba blanca y una nariz proporcionada que recordaba a la de Bolívar. El recién llegado comenzó la interacción preguntando si ella era la Libertadora. Ante la respuesta afirmativa de Manuela, quien inicialmente no sabía quién era el visitante, ella llegó a pensar que, debido a la profundidad de sus ojos azules, el hombre podría ser la Muerte. En ese instante, reflexionó que pasar al otro lado de la existencia no debía ser difícil y que todo consistía simplemente en morirse.

Sin embargo, quien estaba frente a ella era Giuseppe Garibaldi. Ambos guerreros, que habían asombrado al mundo en el siglo XIX —Bolívar en América y Garibaldi detrás de los Alpes—, entablaron una conversación profunda. Garibaldi compartió su visión sobre Simón Bolívar, afirmando que el Libertador entendió que la patria no es una bandera, sino el pueblo.

El héroe italiano añadió una reflexión fundamental sobre la libertad, sosteniendo que esta no se da, sino que se conquista y, tal como lo hizo Bolívar, debe defenderse hasta el último aliento. Manuela Sáenz coincidió plenamente con estas palabras, respondiendo que la libertad se conquista, algo que Simón Bolívar solía decir siempre.

El impacto de la presencia de Garibaldi en el Perú trascendió el encuentro personal y quedó registrado en la cultura popular. En las 'jaranas' de la vieja Lima, aún persisten vestigios de una canción titulada "Garibaldi, Garibaldi, Garibaldi sí", la cual refleja el asombro y el entusiasmo que generó la visita del héroe italiano al país.

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