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El espejismo del poder y la patología de los falsos hombres de Estado

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El espejismo del poder y la patología de los falsos hombres de Estado

En el marco de un nuevo proceso electoral, emerge una reflexión fundamental sobre la naturaleza de la potestad y la realidad intrínseca de cualquier ejercicio de mando: el poder tiene una fecha de caducidad inevitable y está condenado a fenecer. Esta premisa, que suele olvidarse en el fragor de las campañas y la ambición política, sugiere que ninguna autoridad es permanente y que todo ciclo de mando, por imponente que parezca, termina inevitablemente en la decadencia. Esta realidad encuentra un eco profundo en la obra poética de Shelley, donde se describe cómo nada queda al lado de las ruinas colosales, dejando únicamente arenas solitarias y llanas que se extienden hacia el horizonte. De la misma manera, la política activa y aquello que en su momento se percibió como algo inacabable, eventualmente vuelve al polvo.

Dentro de este escenario de transitoriedad, se identifica un fenómeno particular y preocupante: la existencia de individuos que, considerándose grandes políticos tanto en formación como en carácter, son incapaces de comprender que nunca han sido sujetos reales de poder. Para estas personas, su rol en la esfera pública se ha limitado estrictamente al oficio, calificado como peligroso, de comentaristas de la cosa pública. Se trata de una evasión de la realidad que posee dimensiones tanto complejas como psicológicas, pues existe una diferencia abismal entre haber ostentado un poder inmenso y definitivo —capaz de transformar objetivamente una circunstancia determinada— y el hecho de no haber tenido poder jamás.

El análisis distingue dos tipos de caídas. Por un lado, aquel que poseyó una potestad real y transformadora, pero que posteriormente se hundió en el abismo de la irrelevancia, ya sea de forma momentánea o definitiva. Por otro lado, se encuentra la patología de quien jamás ejerció el mando, pero se percibe a sí mismo como un hombre de Estado cuya opinión y guía son indispensables para los demás. Este comportamiento ha sido observado con estupor y curiosidad, revelando una condición insólita en la cual estos personajes se dedican a profetizar desastres que nunca ocurren, errando sistemáticamente en sus análisis.

La peligrosidad de estos perfiles no radica únicamente en su incapacidad de acierto, sino en la toxicidad que propagan. Estos individuos contaminan con sus odios a quienes los rodean, incluyendo a benefactores, amigos y camaradas. Se menciona que, en el mundo antiguo, este tipo de personajes eran repudiados, no por resultar tediosos o pesados, sino por ser considerados salados, es decir, personas que traen mala suerte o cuya presencia es perjudicial para el entorno.

Ante la presencia de estos profetas del error, que suelen recurrir a un repertorio habitual de excusas y pretextos típicos de los perdedores para justificar sus fallos, la recomendación es clara: el distanciamiento absoluto. El cuestionamiento es directo sobre sus logros reales: ¿a quién le ha ganado realmente alguien que siempre se equivoca? La respuesta sugiere la necesidad de aplicar un cierre total, un exilio y un silencio que equivalgan a una damnatio memoriae, borrando el rastro de su influencia.

La advertencia final es severa, ya que estos supuestos gigantes son, en realidad, seres con pies de barro y tigres de papel. Su naturaleza es destructiva no solo para sí mismos, sino para quienes los rodean, pues poseen la tendencia de no arruinarse solos. En su desesperado intento por no hundirse y salvar su propia imagen, terminan ahogando a todas aquellas personas ingenuas que cometieron el error de prestarles atención o seguir sus consejos. Así, la reflexión sobre el poder termina siendo una advertencia sobre la irrelevancia disfrazada de autoridad y el peligro de confiar en quienes confunden la crítica pública con la capacidad de mando.

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