Apenas un mes antes del pitazo inicial del Mundial 2026, la organización del torneo se encuentra envuelta en una atmósfera de tensión marcada por tres ejes críticos: la dudosa participación de la selección de Irán, una crisis de lesiones que afecta a las principales potencias futbolísticas y una creciente indignación global por el costo de las entradas.
La situación de Irán es, quizás, el punto más delicado en términos diplomáticos y organizativos. Actualmente, el equipo persa desarrolla la fase final de su preparación en Turquía, pero su presencia en el torneo aún no ha sido confirmada oficialmente. La Federación Iraní ha condicionado su asistencia al cumplimiento de diez requisitos específicos. Estas exigencias se centran en la seguridad de la delegación, el respeto a los símbolos patrios, como el himno y la bandera, y, fundamentalmente, la gestión de los visados.
El conflicto se agudiza con la demanda de visados para jugadores que han cumplido el servicio militar obligatorio en la Guardia Revolucionaria Islámica, organización que la administración estadounidense considera terrorista. Un ejemplo claro es el caso del delantero del Olympiakos, Mehdi Taremi. En un contexto de hostilidad política entre Irán y Estados Unidos, la seguridad representa un desafío mayúsculo para los organizadores, especialmente considerando que el conjunto iraní debe concentrarse en Tucson, Arizona, a más tardar el 10 de junio. Según el reglamento, los equipos deben estar en su base cinco días antes del debut, y Irán se enfrenta a Nueva Zelanda el 15 de junio en Los Ángeles. Además, la delegación exige que los estadios no sean utilizados como plataformas para reivindicaciones de la disidencia, solicitando que solo se permita el ingreso de la bandera oficial.
Paralelamente, el plano deportivo sufre el impacto de una plaga de lesiones que ha trastocado los planes de los seleccionadores más importantes. El impacto es tangible: figuras como Rodrygo y Militao en Brasil, Serge Gnabry en Alemania, Joaquín Panichelli y Valentín Carboni en Argentina, Samu Agheowa en España, Hugo Ekitike en Francia y Xavi Simmons en los Países Bajos ya han quedado descartados y seguirán el certamen a través de la televisión.
La incertidumbre se extiende a otros nombres clave. Carlo Ancelotti y Lionel Scaloni aguardan con nerviosismo la recuperación de Estevao y el ‘Cuti’ Romero, respectivamente. En Francia, Didier Deschamps ha mostrado alarma por el estado físico de Kylian Mbappé, quien se perdió el clásico liguero del pasado fin de semana. Por su parte, Luis de la Fuente evalúa la gravedad de la lesión en los isquiotibiales de Nico Williams y espera que Lamine Yamal recupere su ritmo competitivo previo a su lesión. Aunque la FIFA permitió la entrega de prelistas de entre 35 y 55 jugadores para dar margen de maniobra, el límite final es el 1 de junio, fecha en la que las selecciones deberán definir la lista definitiva de 26 convocados.
Finalmente, la controversia económica ha tomado protagonismo debido a la política de precios de las entradas. La FIFA ha implementado un sistema de precios variables, diferenciándolos de los precios dinámicos gestionados por algoritmos según la demanda. Sin embargo, en la práctica, estas correcciones han tendido al alza, provocando quejas formales de Football Supporters Europe (FSE), Euroconsumers y diversos congresistas demócratas. Los aficionados critican la importación de un modelo de negocio propio de la NBA y la NFL al fútbol.
Un estudio de The Athletic revela que los precios de las tres categorías principales subieron un promedio del 34 % entre octubre y abril. La cifra más impactante es el coste de la entrada más cara para la final del 19 de julio en el Metlife de Nueva York/Nueva Jersey, que alcanzó los 32.970 dólares (aproximadamente 28.000 euros). Ante esto, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha defendido la medida argumentando que, en un mercado donde la reventa es legal como en Estados Unidos, los precios fijos habrían disparado los costos en el mercado secundario. Infantino también subrayó que el 90 % de los ingresos se reinvierten en el fútbol mundial. De hecho, tras la reunión del Consejo de la FIFA en abril, se aprobó un incremento del 15 % en la remuneración para las selecciones participantes, sumando 148 millones de dólares adicionales a los 768 millones inicialmente previstos.


