En un análisis crítico y urgente, el periodista y editor Paulo Slachevsky ha emitido un llamado a la comunidad internacional para recuperar la humanidad y no olvidar la situación que atraviesa Gaza, en un momento en que la atención global parece apartarse de los acontecimientos en la región. Slachevsky sostiene que, como ciudadanos del mundo, es imperativo no quedar indiferentes y sumarse a la solidaridad internacional con Palestina. De manera particular, el autor enfatiza que para quienes poseen un origen judío es necesario rescatar las banderas del antisionismo, las cuales fueron significativas entre la población judía antes de la Segunda Guerra Mundial, siguiendo el ejemplo de los jóvenes que hoy se movilizan globalmente por una Palestina libre.
Para sustentar su análisis, Slachevsky recurre al pensamiento de Hannah Arendt, específicamente a los conceptos de la banalidad del mal y el mal radical. El autor recuerda que la banalidad del mal fue acuñada tras los juicios a Adolf Eichmann, planteando que no es requisito ser un psicópata para cometer crímenes genocidas; un simple burócrata o militar, al obedecer las lógicas de un sistema, puede transformarse en un genocida. Asimismo, menciona que en Los orígenes del totalitarismo, Arendt describió el mal radical como un mal absoluto que no puede deducirse de motivos humanamente comprensibles, el cual emerge en las fases finales del totalitarismo.
Según el texto, estas formas de maldad se manifiestan cuando un sistema convierte a los seres humanos en seres superfluos, inútiles y prescindibles. Slachevsky ejemplifica esto con el nazismo, donde judíos y gitanos fueron considerados infrahumanos, lo que permitió una crueldad sin límites que comenzó con la humillación en la prensa y culminó en el exterminio masivo en cámaras de gas. El autor advierte que, aunque tras la Segunda Guerra Mundial se estableció un sistema jurídico internacional de derechos humanos para prevenir tales atrocidades, los genocidios y crímenes de lesa humanidad se han reiterado durante la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, citando como ejemplo las dictaduras latinoamericanas.
El punto central de la denuncia de Slachevsky es que Israel, el Estado que se presenta como representante de las víctimas judías del nazismo, estaría repitiendo hoy el modelo deshumanizador y de exterminio nazi contra el pueblo palestino. El autor argumenta que, a diferencia del genocidio nazi que se ejecutó en secreto, el exterminio actual se ha convertido en un espectáculo conducido por autoridades de un país que se define como democrático. Señala que las evidencias son visibles, a pesar de que el ejército israelí asesine a periodistas y comunicadores que registran los hechos.
El autor describe un proceso de deshumanización total de la población palestina que incluye insultos y caricaturas en la política y prensa israelí, tortura, opresión cotidiana y una limpieza étnica planificada en Gaza y Cisjordania, apoyada por adelantos tecnológicos e Inteligencia Artificial. Slachevsky compara la ambición del Gran Israel, defendido por Benjamín Netanyahu y el sionismo, con el sueño de la Gran Alemania de Hitler, calificando a Israel como un estado Terminator en Medio Oriente que busca destruir todo a su alrededor, incluyendo a Líbano e Irán.
Asimismo, critica la complicidad e inacción de Occidente, afirmando que en lugar de castigar a los criminales, se les suministra armamento mientras se reprime la solidaridad con los oprimidos, lo que significaría el entierro del sueño de un orden jurídico internacional basado en los derechos humanos. Slachevsky también denuncia la manipulación sionista que intenta igualar los crímenes del Estado de Israel con la identidad judía, argumentando que esta falsa equivalencia fomenta el antisemitismo al confundir la ira legítima contra la crueldad del Estado con la población judía en general.
Finalmente, el autor insta a recordar ejemplos de organización judía contra la opresión, como el BUND, el partido socialista judío en la Europa del Este que, antes de la guerra, aunó la lucha antinazi, antifascista y antisionista. Slachevsky concluye comparando la entereza de la resistencia palestina con la de los insurrectos del Gueto de Varsovia, calificando al sistema sionista actual como una manifestación del mal radical y la banalidad del mal en el siglo XXI.


