La organización del Mundial 2026 en Estados Unidos, específicamente en las sedes de Nueva York y Nueva Jersey, está enfrentando una serie de complicaciones que amenazan con opacar el evento deportivo. A pesar de que estas regiones albergarán ocho de los 104 partidos del torneo, incluyendo la gran final en el MetLife Stadium, el foco de atención se ha desplazado del terreno de juego hacia el costo prohibitivo de las entradas, los fallos técnicos de las plataformas de venta y la incertidumbre migratoria.
Uno de los puntos más críticos es el sistema de precios variables implementado por la FIFA. El costo de las entradas para la final ha alcanzado cifras asombrosas, superando los 11.000 dólares, lo que representa casi siete veces más que el boleto más caro registrado en el Mundial de Qatar 2022. La situación se vuelve aún más extrema en el mercado de reventa, donde se han llegado a ofrecer asientos individuales por un precio de 2,2 millones de dólares.
A esta barrera económica se suma el problema del transporte. Los aficionados que planean asistir al MetLife Stadium se encuentran con tarifas de traslado desproporcionadas. El billete de tren, que normalmente tiene un costo de 12,90 dólares, se ha fijado en 150 dólares para los días de partido. Como alternativa, los autobuses lanzadera superarán los 80 dólares. Para aquellos que opten por el vehículo particular, el aparcamiento tendrá un costo de 250 dólares, una opción reservada solo para asistentes premium. Ante esta situación, algunos usuarios han sugerido trasladarse a pie, pero el Departamento de Transporte de Nueva York ha advertido que dicha acción es ilegal y peligrosa, ya que está prohibido caminar por las autopistas o fuera de las zonas peatonales autorizadas.
Este escenario ha generado un conflicto político entre las autoridades locales y la FIFA. La gobernadora de Nueva Jersey, Mikie Sherrill, ha criticado duramente que la organización traslade la carga financiera a los residentes. Sherrill señaló que mientras la FIFA genera unos 11.000 millones de dólares con el Mundial, el estado de Nueva Jersey enfrenta una factura de 48 millones de dólares para garantizar el transporte seguro de 40.000 fanáticos, una cifra que la gobernadora se ha negado a cargar a los contribuyentes locales.
Paralelamente, las políticas migratorias impulsadas por Donald Trump han sembrado la desconfianza entre los aficionados internacionales. El temor a ser retenidos en los aeropuertos o a enfrentar revisiones exhaustivas ha llevado a algunos seguidores a cancelar sus planes. Un caso emblemático es el de Ahmed Sems, un joven de 32 años nacido en Damasco, Siria, y con pasaporte turco. A pesar de haber obtenido su visado en febrero de 2025, Sems decidió cancelar su viaje. El joven, quien deseaba ver a Messi y Ronaldo en lo que podría ser su último Mundial, se sintió intimidado por las redadas de la agencia migratoria ICE y, especialmente, por la orden del Departamento de Estado de revisar las redes sociales de los visitantes. Sems manifestó que considerar la revisión de sus redes sociales como una invasión a la privacidad y el riesgo de no ser admitido en el país no hacían que el gasto valiera la pena.
Dentro de Estados Unidos, los aficionados locales también han expresado su frustración debido a los problemas técnicos de la plataforma de venta de boletos. Muchos usuarios reportaron largas esperas en colas virtuales y fallos del sistema que los expulsaban de la plataforma sin haber logrado adquirir sus entradas.
Finalmente, el impacto económico esperado está siendo cuestionado. Aunque la organización prometió 1,2 millones de visitantes y un impacto de 3.300 millones de dólares, el sector hotelero muestra señales de preocupación. Según datos de CoSatr Group Inc., solo se ha vendido el 18% de las habitaciones para el periodo comprendido entre el 13 de junio y el 19 de julio. Vijay Dandapani, presidente de la Asociación de Hoteles de Nueva York, advierte que el excesivo gasto en entradas y vuelos —estos últimos encarecidos por la guerra en Irán, con pasajes desde Londres para la final rondando los 5.000 dólares— está provocando que los turistas recorten gastos en alojamiento y restauración. Como consecuencia, hoteles como el Hilton y el Park Hotel han tenido que reducir drásticamente sus tarifas para intentar atraer clientes.


