Un equipo internacional de investigadores ha descubierto que la fragilidad, entendida no solo como debilidad física sino como la acumulación de problemas de salud, puede ser un indicador preciso de la presencia de Alzheimer o demencia frontotemporal en adultos mayores. El estudio, publicado en la prestigiosa revista *Alzheimer’s & Dementia*, abre nuevas vías para la detección temprana de estas enfermedades, especialmente en América Latina, donde el acceso a diagnósticos complejos es limitado.
La investigación, liderada por Joaquín Migeot y Olivia Wen del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral (BrainLat) de la Universidad Adolfo Ibáñez en Chile, involucró a científicos de 11 países, incluyendo Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú, Estados Unidos, España, Francia, Irlanda y Turquía. Los resultados sugieren que la medición de la fragilidad, utilizando datos clínicos de rutina, podría transformar la forma en que se previene y atiende la demencia en la región.
“La fragilidad es una forma de envejecer acelerada, simple, clínica y accesible de medir”, explicó el científico argentino Agustín Ibáñez, autor principal del estudio, en diálogo con Infobae. “El objetivo es contar con marcadores que capturen el efecto acumulado del deterioro para ayudar a definir trayectorias del envejecimiento”.
El estudio analizó datos de 3.461 personas mayores de seis países latinoamericanos: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. Los participantes fueron divididos en tres grupos: cognitivamente sanos, con Alzheimer y con demencia frontotemporal. Se construyó un índice de fragilidad multidimensional, compuesto por 32 variables de salud, que incluían presión arterial, cantidad de medicamentos, síntomas de depresión y ansiedad, capacidad para usar tecnología y resultados de pruebas de memoria. Cada variable fue puntuada en una escala de 0 a 1, representando la ausencia o presencia de un déficit, respectivamente. El promedio final reflejó la carga global de salud de cada individuo.
Para analizar los datos, los investigadores utilizaron inteligencia artificial, específicamente un algoritmo llamado XGBoost, junto con resonancias magnéticas cerebrales de 1.050 participantes. Esto permitió no solo determinar si la fragilidad podía distinguir entre los grupos diagnósticos, sino también identificar qué áreas del cerebro se veían afectadas en función del nivel de fragilidad.
Los resultados fueron significativos: el índice de fragilidad distinguió a las personas sanas de aquellas con Alzheimer con una precisión del 85%, y de las que tenían demencia frontotemporal con un 88%. Si bien no logró diferenciar con la misma precisión entre los dos tipos de demencia, lo que sugiere que ambos comparten una carga sistémica similar, la capacidad de identificar a personas en riesgo de demencia con un alto grado de certeza es un avance importante.
La mayor fragilidad se asoció con la pérdida de materia gris, el tejido cerebral responsable del procesamiento de información, en las áreas frontales y temporales del cerebro. En los casos de Alzheimer, el daño fue más pronunciado en el hipocampo y las regiones temporales, mientras que en la demencia frontotemporal, el daño se concentró en el lóbulo frontal, la parte del cerebro que regula la conducta y la toma de decisiones.
Además, los análisis de conectividad cerebral revelaron que una mayor fragilidad se relaciona con menos conexiones en las redes frontales y temporales, y con un aumento compensatorio de conexiones en las zonas cerebelosas y límbicas. Este patrón fue diferente en cada grupo, lo que refuerza la idea de que cada tipo de demencia deja una huella neural distintiva.
La validez del índice de fragilidad como herramienta independiente de evaluación se vio reforzada al mantener los resultados sólidos incluso después de excluir las variables más directamente relacionadas con el diagnóstico de demencia, como la escala de severidad clínica y las pruebas de memoria.
El doctor Fernando Taragano, secretario de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), destacó la relevancia de los hallazgos. “El índice de fragilidad evaluado en este importante estudio, construido con 32 variables clínicas de rutina, logró distinguir personas sanas de pacientes con enfermedad de Alzheimer o frontotemporal con una precisión notable, sin necesidad de estudios de alta complejidad”, comentó a Infobae. Taragano resaltó que el índice se convierte en “una herramienta muy valiosa para la detección diagnóstica en contextos de bajos recursos, especialmente en América Latina, donde las complicaciones cardiometabólicas están a la orden del día”.
Sin embargo, los investigadores reconocen que el estudio tiene limitaciones. Al ser transversal, ofrece una “fotografía” de un momento específico y no permite establecer una relación causal entre la fragilidad y el daño cerebral. Tampoco incluyó biomarcadores de laboratorio ni pruebas físicas objetivas, como la fuerza de agarre o la velocidad al caminar, lo que limita la caracterización biológica de los hallazgos.
Para futuras investigaciones, los científicos recomiendan ampliar el estudio a poblaciones fuera de América Latina, incorporar medidas físicas y marcadores inflamatorios, y probar intervenciones clínicas que utilicen la fragilidad como punto de partida para prevenir o retrasar la demencia, dado que muchos de los factores que componen el índice son modificables, como la hipertensión, la diabetes y el sedentarismo.
En conclusión, la fragilidad emerge como una señal integradora del deterioro sistémico del organismo humano, que se refleja en el cerebro de maneras específicas según el tipo de demencia. La implementación de este tipo de evaluación en los sistemas de salud de América Latina podría ser una herramienta accesible y efectiva para identificar a personas en riesgo antes de que la demencia avance, permitiendo una intervención temprana y mejorando la calidad de vida de los pacientes y sus familias.


