Ninguna palabra es neutra y, como cualquier otro dispositivo o cosa que dispone de nuestra atención (ambiente, lenguaje, tradición, etc), repercute de algún modo en el comportamiento social. Así se entendería el arraigo de ciertos valores y particularmente, la manera en que estos influyen en la dinámica de una sociedad. Esta reflexión, planteada por Enrique Ramón Díaz en un reciente artículo publicado en TalCual, aborda la problemática del individualismo exacerbado, al que califica como vil egoísmo , y su manifestación en el contexto venezolano.
Díaz argumenta que el lenguaje, lejos de ser un mero instrumento de comunicación, es un vehículo de valores y creencias que moldean la percepción de la realidad y, por ende, las acciones de los individuos. En este sentido, subraya la importancia de analizar cómo el uso de ciertas palabras y expresiones puede fomentar o inhibir comportamientos altruistas y solidarios.
El autor se centra en la observación de que en Venezuela, y posiblemente en otras latitudes, se ha normalizado una actitud de auto-preservación extrema, donde la prioridad absoluta es el beneficio propio, incluso a costa del bienestar colectivo. Esta tendencia, según Díaz, se manifiesta en diversas esferas de la vida social, desde la política y la economía hasta las relaciones interpersonales.
En el ámbito político, el vil egoísmo se traduce en la búsqueda del poder a cualquier precio, la corrupción generalizada y la falta de compromiso con el bien común. Los líderes políticos, en lugar de velar por los intereses de la nación, se preocupan principalmente por consolidar su posición y enriquecerse ilícitamente. Esta situación, a su vez, genera desconfianza y desafección en la ciudadanía, lo que dificulta aún más la construcción de un proyecto nacional sólido y sostenible.
En el terreno económico, el individualismo exacerbado se manifiesta en la especulación, el acaparamiento y la falta de ética empresarial. Los comerciantes y empresarios, en lugar de contribuir al desarrollo económico del país, se dedican a aprovecharse de la crisis para obtener ganancias desproporcionadas. Esta actitud, según Díaz, agrava la escasez de bienes y servicios, aumenta la inflación y empobrece a la población.
Pero el vil egoísmo no se limita a la esfera pública. También se manifiesta en las relaciones interpersonales, donde la empatía y la solidaridad parecen haber perdido terreno frente al individualismo y la indiferencia. Las personas, cada vez más preocupadas por sus propios problemas, se muestran menos dispuestas a ayudar a los demás, a colaborar en proyectos comunitarios o a defender los derechos de los más vulnerables.
Díaz advierte que esta cultura del individualismo, si no se contrarresta, puede tener consecuencias devastadoras para el futuro de Venezuela. Una sociedad donde prevalece el vil egoísmo es una sociedad fragmentada, conflictiva y carente de valores. Una sociedad donde la confianza y la cooperación son reemplazadas por la desconfianza y la competencia.
El autor no ofrece soluciones concretas para combatir esta problemática, pero sugiere que es necesario un cambio profundo en la mentalidad de los venezolanos. Un cambio que implique la recuperación de valores como la solidaridad, la honestidad, la justicia y el respeto. Un cambio que promueva la educación en valores y la participación ciudadana.
Enrique Ramón Díaz concluye su artículo con una reflexión sobre la responsabilidad individual y colectiva en la construcción de una sociedad más justa y equitativa. Reconoce que el cambio no será fácil ni rápido, pero insiste en que es imprescindible para garantizar un futuro mejor para Venezuela. La tarea, según el autor, requiere del compromiso de todos los venezolanos, desde los líderes políticos y empresariales hasta los ciudadanos de a pie. Es necesario, en definitiva, superar el vil egoísmo y abrazar una cultura de solidaridad y cooperación. El autor deja su correo electrónico ediazipm@gmail.com para comentarios y debate sobre el tema.










