Después de dos décadas escribiendo para La Nación, el sociólogo Jorge Vargas Cullell anuncia el fin de su columna semanal, un espacio que se convirtió en un laboratorio de ideas y un punto de encuentro con los lectores. El último artículo, publicado este jueves, marca el cierre de un ciclo de más de mil columnas iniciadas el 20 de abril de 2006, cuando reemplazó a Leonardo Garnier, quien asumió el cargo de Ministro de Educación Pública.
Vargas Cullell explica que su decisión responde a un deseo de explorar nuevos caminos de expresión y de liberarse de la rigurosidad de una frecuencia semanal. He llegado a una estación de mi vida en la que quiero buscar nuevos caminos de expresión, otras maneras de forjar y expresar mi pensamiento sin estar atado a una frecuencia semanal. Me voy porque quiero y porque en la vida hay que saber irse: cuando la mente y el corazón están puestos en otra cosa , escribe en su despedida. Desmiente categóricamente rumores sobre su salida, como posibles conflictos con la dirección del diario o presiones gubernamentales.
El columnista destaca la libertad editorial que le brindó La Nación, una libertad que se ejercitó bajo una simple regla: respetar un límite de caracteres, con la promesa de una corrección de estilo mínima, o enfrentar la implacable tijera de la edición. Esta restricción, lejos de ser una limitación, se convirtió en un desafío creativo que lo obligó a desarrollar un estilo de argumentación conciso y claro. En eso, la columna ha sido una gran maestra , afirma.
A lo largo de estos veinte años, Vargas Cullell abordó una amplia gama de temas, siempre con una mirada inquisitiva y un lenguaje fresco, a veces atrevido. No dudó en discrepar de la línea editorial del diario, buscando crear una ventana de opinión que mezclara la ironía, el humor y el estímulo a la reflexión. Su columna se caracterizó por una investigación previa de los temas y un intento constante de captar lo que a primera vista no se ve, pero puede ser importante.
En su recorrido, Vargas Cullell creó a Varguitas , un personaje que describe como un intelectualoide perdido por la vida , utilizado como un espejo para burlarse de sí mismo y como un sparring para sus ideas. Experimentó con diferentes formas de lenguaje, desde la poesía y la cumbia hasta la técnica brechtiana del extrañamiento y el estilo barroco de Saramago, contrastándolo con el minimalismo de Hemingway.
Uno de sus mayores temores era caer en la repetición y la predictibilidad, convertirse en un columnista aburrido. Por ello, evitó a toda costa las frases hechas y los clichés, buscando siempre estimular el pensamiento crítico. Se impuso reglas personales estrictas, como no descalificar a las personas, dejar espacio para la duda y evitar el insulto y la grosería. Reconoce que algunas columnas no cumplieron con estos estándares y le averg enzan, pero también aprendió de sus errores y los aceptó como parte del proceso.
Vargas Cullell enfatiza que, una vez publicada, la columna dejaba de ser suya, abriéndose a la interpretación y el debate público. Agradece profundamente a La Nación y a sus lectores por el espacio y la oportunidad de compartir sus ideas durante estos veinte años. Se despide con emociones encontradas, pero con la convicción de que es un buen momento para emprender nuevos caminos.
El sociólogo deja un legado de más de mil columnas que invitan a la reflexión, al debate y a la búsqueda constante de la verdad. Su voz, aunque ya no estará presente de forma semanal en las páginas de La Nación, seguirá resonando en la memoria de sus lectores y en el ámbito del pensamiento crítico en Costa Rica. Su partida marca el fin de una era en el periodismo de opinión, pero también abre la puerta a nuevas posibilidades de expresión y a la exploración de nuevos horizontes intelectuales. La columna, para Vargas Cullell, fue una gran escuela, un laboratorio de ideas y un espacio de libertad donde pudo dar rienda suelta a su creatividad y a su pasión por el análisis social. Ahora, se prepara para nuevos desafíos, con la misma curiosidad y el mismo compromiso con la búsqueda de la verdad que lo caracterizaron durante estos veinte años.











