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La Habana bajo asedio: Un bloqueo con sabor a ironía

La Habana bajo asedio: Un bloqueo con sabor a ironía
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El primer bloqueo estadounidense a La Habana, ocurrido a finales del siglo XIX, no solo estranguló la economía de la ciudad, sino que también desató una serie de situaciones paradójicas y hasta humorísticas, tal como lo relata el periodista y abogado español Isidoro Corzo Príncipe en su libro El bloqueo de La Habana , publicado originalmente en 1905 y reeditado en 2016 por Ciencias Sociales. La obra, que rescata la investigadora Ana Cairo, ofrece una mirada testimonial y satírica de la vida cotidiana en la capital cubana durante los meses de abril a agosto de 1898, cuando una flota estadounidense impidió la entrada de mercancías a la isla.

Corzo, a través de sus Cuadros del natural , narra cómo el bloqueo, lejos de generar solemnidad o temor absoluto, provocó escasez, ingenio y una extraña normalidad en medio de la incertidumbre. El autor describe con detalle las reacciones de los habitantes ante la inminente llegada de los buques estadounidenses: algunos mantenían la serenidad, mientras que otros anhelaban el inicio del combate. Sin embargo, la acción bélica nunca llegó a materializarse, ya que los estadounidenses optaron por el estrangulamiento económico, una estrategia que, según Corzo, buscaba causar daño a distancia sin arriesgar vidas.

A pesar de las carencias y el temor a posibles bombardeos, la vida en La Habana continuó su curso. Las bandas de música ofrecían conciertos en los parques, los teatros permanecían abiertos y la gente se entretenía observando con prismáticos y catalejos los movimientos de la flota estadounidense. Incluso, circulaba el rumor de que los sitiadores harían volar un aerostato espía sobre la ciudad, lo que provocó que los habaneros se reunieran en las azoteas y balcones para otear el cielo.

Pero la verdadera prueba del bloqueo se manifestó en la escasez de alimentos. Corzo relata su propia desesperación por conseguir pan, llegando incluso a dedicarse a rastrearlo en los cafés donde se vendían panecillos en cantidad limitada. La falta de alimentos dio lugar a la aparición de productos culinarios de dudosa procedencia, como los tamalitos pregonados por un vendedor callejero, un personaje que, según Ana Cairo, se ha convertido en un símbolo del imaginario popular cubano en tiempos difíciles.

El autor no se limita a describir las penurias económicas, sino que también critica la actuación de las autoridades hispanas, los fanáticos integristas y los yancófilos , aquellos que simpatizaban con los intereses estadounidenses. Corzo relata una anécdota en la que dos de estos últimos se enfrentan en un café de moda, terminando uno de ellos derribado a golpes. Asimismo, denuncia la deshonestidad de los oportunistas que se escudaban tras el discurso patriótico o que estaban dispuestos a cambiar de bando en cualquier momento.

El libro también se burla de las representaciones teatrales que recreaban inexistentes proezas bélicas, evidenciando la propaganda y el engaño que rodeaban el conflicto. A través de la ironía y la sátira, Corzo cuestiona la narrativa oficial y ofrece una visión más realista y crítica de la situación.

Sin embargo, no todos los relatos son humorísticos. Algunos destilan melancolía y tristeza, como el que describe una caminata nocturna por las calles oscuras de La Habana, la desesperación al conocer el hundimiento de los cruceros españoles o la agonía de los productos que se agotaban en los muelles y el puerto.

Uno de los pasajes más conmovedores del libro es el dedicado a los reconcentrados , aquellos campesinos que fueron obligados por el general Valeriano Weyler a trasladarse a las ciudades para evitar que apoyaran a los independentistas. Corzo describe las condiciones inhumanas en las que vivían estos desplazados en los Fosos Municipales, donde recibían un techo, una tarima de madera y un rancho aderezado con los escasos víveres que permitía el bloqueo. Aquellos que no cabían en el lugar, debían vivir a la intemperie, alimentándose con los mendrugos sobrantes de las casas.

A pesar de la tragedia, Corzo no pierde su tono socarrón y critica a las damas caritativas que, en lugar de ayudar a los necesitados, se dedicaban a las banalidades y los cotilleos. También se burla de las maniobras militares pomposas e inútiles que se llevaban a cabo dentro de la ciudad asediada.

El bloqueo de La Habana es, en definitiva, un testimonio valioso de un capítulo poco conocido de la historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. La obra de Isidoro Corzo, presentada como una tragicomedia, nos recuerda que incluso en los momentos más difíciles, el ingenio, la ironía y el humor pueden ser herramientas poderosas para enfrentar la adversidad. La reedición de este libro, enriquecida con una cronología de sucesos relevantes y una introducción de Ana Cairo, permite a las nuevas generaciones conocer esta perspectiva única y crítica sobre un período crucial de la historia cubana, un período que, lamentablemente, sigue resonando en la actualidad. La obra invita a la reflexión sobre las consecuencias del bloqueo y la importancia de la solidaridad y la resistencia frente a la opresión.

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