La guerra entre Estados Unidos e Israel ha puesto en tela de juicio la estructura de poder en Irán, con interrogantes sobre quién ejerce el control real en medio de un liderazgo difuso y una aparente falta de coordinación entre las diferentes facciones del gobierno. Formalmente, Mojtaba Jamenei asumió el liderazgo supremo tras la muerte de su padre, Alí Jamenei, pero su autoridad se ve cuestionada por su ausencia pública y las dudas sobre su capacidad para gestionar activamente el sistema, posiblemente debido a lesiones sufridas en los ataques iniciales.
Desde el inicio del conflicto, el presidente estadounidense Donald Trump ha descrito el liderazgo iraní como "fracturado", sugiriendo que la Casa Blanca espera una "propuesta unificada" de Teherán. Los líderes iraníes han intentado proyectar una imagen de unidad, asegurando a la población que "no existe tal cosa como un radical o un moderado en Irán: hay solo una nación, un rumbo". Sin embargo, la realidad parece ser mucho más compleja.
Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo, no ha sido visto en público desde que asumió el cargo. Sus comunicaciones se han limitado a declaraciones escritas, incluyendo una que reafirma el cierre del estrecho de Ormuz. Esta falta de visibilidad y comunicación directa genera incertidumbre sobre su control efectivo sobre el país. Funcionarios iraníes han reconocido que Jamenei resultó herido en los ataques iniciales, aunque los detalles son escasos. The New York Times, citando fuentes iraníes, informó que podría haber sufrido heridas en el rostro que dificultan su capacidad para hablar.
En el sistema político iraní, la autoridad no solo se basa en la posición institucional, sino también en la percepción pública y la capacidad de influir en las diferentes facciones. Alí Jamenei ejercía su liderazgo a través de discursos, apariciones públicas cuidadosamente planificadas y un arbitraje visible entre los distintos grupos de poder. La ausencia de estas señales por parte de Mojtaba Jamenei ha creado un vacío de interpretación y ha alimentado las especulaciones sobre su capacidad para ejercer un liderazgo efectivo.
En la práctica, la toma de decisiones parece menos centralizada que antes de la guerra. La diplomacia recae formalmente en el gobierno de Masoud Pezeshkian, con el canciller Abbas Araghchi representando a Teherán en las conversaciones con Estados Unidos. Sin embargo, ninguno de los dos parece tener la autoridad para marcar la estrategia general, y su posición se ve aún más debilitada por el hecho de que la delegación iraní está encabezada por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf. El papel de Araghchi parece más operativo que decisorio, como lo demostró su breve marcha atrás sobre la reapertura del estrecho de Ormuz, lo que revela la limitada capacidad del canal diplomático para controlar las decisiones militares.
Pezeshkian, considerado una figura relativamente moderada, se ha alineado con la dirección general de la República Islámica sin imponer una línea independiente. Los retrasos en la segunda ronda de conversaciones con Estados Unidos en Islamabad refuerzan esta percepción. Incluso cuando los canales diplomáticos están abiertos, el sistema parece incapaz o poco dispuesto a comprometerse.
El control del estrecho de Ormuz es la principal fuente de influencia de Irán, pero las decisiones sobre su cierre recaen en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), dirigido por Ahmad Vahidi, y no en el equipo diplomático. Esto otorga un poder significativo a los actores que operan a puertas cerradas y sugiere una ampliación de la autonomía operativa del CGRI en ausencia de un arbitraje político claro.
A diferencia de crisis anteriores, no hay una figura única e identificable que se haga cargo claramente de la estrategia. En cambio, se observa un patrón de acciones seguidas de mensajes, y no siempre de manera coherente. Las acciones del CGRI, ya sea el cierre de Ormuz o los ataques a objetivos en el Golfo, parecen marcar el ritmo de la crisis, mientras que las respuestas políticas y diplomáticas a menudo las siguen en lugar de liderarlas.
Mohammad Baqer Qalibaf, excomandante de la Guardia Revolucionaria y actual presidente del Parlamento, ha emergido como una de las figuras más visibles en este contexto. Se ha insertado en las negociaciones, se ha dirigido al público y ha enmarcado la guerra en términos pragmáticos en lugar de ideológicos. Sin embargo, su posición es precaria, ya que enfrenta la resistencia de los sectores conservadores del Parlamento, que se oponen a las negociaciones y las presentan como una señal de debilidad. Qalibaf insiste en que sus acciones se alinean con los deseos de Mojtaba Jamenei, pero no hay pruebas visibles de una coordinación directa.
En conjunto, estas dinámicas apuntan a un sistema que funciona, pero no está dirigido de manera coherente. La autoridad del líder supremo existe, pero no se ejerce de forma visible. La presidencia está alineada, pero no lidera. La diplomacia está activa, pero no es decisiva. El estamento militar tiene palancas clave, pero sin un arquitecto público nítido. Las figuras políticas dan un paso al frente, pero sin una legitimidad clara.
Esto no implica un colapso de la República Islámica, pero sí sugiere una lucha por convertir la influencia que tiene como la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz en una estrategia definida en un momento de presión aguda. El sistema puede actuar en múltiples frentes, pero le cuesta señalar una dirección clara a sus propios centros de poder. En el modelo político iraní, la coherencia se mantiene a través de las señales, y en este momento, esas señales son ambiguas y contradictorias.
Por ahora, el sistema resiste la presión, mantiene el control y evita cualquier desmoronamiento visible. Sin embargo, cada vez plantea más la pregunta de si la coherencia se está ejerciendo o simplemente declarando. La situación sigue siendo fluida y el futuro del liderazgo iraní en tiempos de guerra es incierto.











