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PRECIOS EN ALZA: ¿Dónde están los diplomáticos?

PRECIOS EN ALZA: ¿Dónde están los diplomáticos?
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El precio del crudo superó hoy los cien dólares por barril, en un contexto de crecientes tensiones geopolíticas. Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, llevadas a cabo en Islamabad durante veintiún horas, concluyeron sin alcanzar un acuerdo. Paralelamente, la Marina de Estados Unidos ha iniciado el bloqueo de los puertos iraníes en el Golfo Pérsico, mientras que en Beirut, las familias continúan huyendo ante la intensificación de los bombardeos. Ante este panorama, surge una pregunta fundamental: ¿dónde están los diplomáticos?

La reflexión no se centra en la presencia mediática de los cancilleres, sino en la diplomacia como un método, una convicción y una cultura de resolución de conflictos. La crisis actual en el Estrecho de Ormuz trasciende una simple crisis energética; representa una amenaza a la arquitectura global construida con esfuerzo en el siglo XX, basada en la premisa de que el diálogo debe preceder al enfrentamiento bélico.

El alto el fuego anunciado recientemente ha demostrado su fragilidad desde el inicio. Los tres actores principales involucrados no han logrado ponerse de acuerdo ni siquiera en la interpretación de los términos de la tregua. Estados Unidos insiste en que el Líbano no está incluido en el pacto, mientras que Irán exige lo contrario. Israel, por su parte, continúa sus operaciones en el sur libanés. Un acuerdo sujeto a múltiples interpretaciones no es un acuerdo real, sino una mera pausa temporal que allana el camino para una nueva escalada de violencia.

El portavoz de las Naciones Unidas ha enfatizado que la libertad de navegación en el Estrecho de Ormuz se sustenta en el derecho internacional y en una tradición establecida, que ninguna de las partes debe socavar. El secretario general de la ONU ha reiterado que no existe una solución militar para este conflicto, una advertencia que ha lanzado en múltiples ocasiones. Sin embargo, el mundo persiste en su camino hacia el rearme. Cuando la fuerza se convierte en el primer recurso, en lugar del último, el mundo no se desliza hacia la barbarie de forma abrupta, sino gradualmente, a través de una serie de decisiones y ultimátums, hasta que se olvida cómo se llegó a esa situación.

Panamá, por su parte, no puede permanecer indiferente ante esta crisis, y no solo por consideraciones morales. El canciller Javier Martínez-Acha señaló el domingo que el país importa sus combustibles principalmente de Estados Unidos, lo que le proporciona cierta protección contra un posible desabastecimiento físico. No obstante, el precio del petróleo se determina en los mercados globales, y estos mercados responden a un único indicador: el Estrecho de Ormuz. El cierre de esta vía marítima provoca un aumento en el precio del Brent y del WTI, lo que inevitablemente se traduce en un incremento en el costo de la gasolina, independientemente del origen del crudo. En marzo, los precios experimentaron un alza de hasta treinta centavos por galón, lo que obligó al Consejo de Gabinete a aprobar una fijación temporal de precios subsidiados para el transporte público y la pesca artesanal. Esta medida de emergencia, denominada volatilidad geopolítica internacional , tiene su origen en una ubicación geográfica distante de Houston.

El Canal de Panamá, pilar fundamental del comercio marítimo mundial, observa la situación con preocupación. Si el conflicto altera de manera sostenida las rutas energéticas globales o reduce la demanda del comercio internacional, el impacto se dejará sentir en la principal fuente de ingresos nacionales de Panamá. El país no es un mero espectador de esta crisis, sino un actor que la padece sin haber contribuido a su origen.

En este contexto, Panamá debe alzar su voz con claridad en los foros internacionales donde tiene representación. El país cuenta con la autoridad moral de una nación sin ejército, que ha resuelto sus propios conflictos históricos a través de la negociación y el derecho, y que alberga en su territorio la vía que conecta los océanos del mundo. El diálogo estructurado, con mediadores creíbles, acuerdos escritos y verificables, y un respeto irrestricto al Derecho Internacional, no es una opción entre muchas, sino la única vía que evita la destrucción.

La historia registrará este momento crucial. Aún no se sabe si lo hará como el instante en que el mundo encontró el camino de regreso a la diplomacia, o como aquel en que decidió que ya no valía la pena intentarlo. La respuesta a esta pregunta no la darán los generales ni los algoritmos, sino aquellos que aún creen que entre dos naciones en conflicto siempre existe una mesa de diálogo posible, una palabra justa y un acuerdo que ambas partes puedan firmar con dignidad.

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