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¿Dónde quedó el sentido común ecuatoriano?

¿Dónde quedó el sentido común ecuatoriano?

A sus 68 años, una ciudadana ecuatoriana expresa su creciente desesperanza ante la falta de sentido común y razón natural en la sociedad, planteando interrogantes sobre la responsabilidad individual y colectiva en la vida diaria. El texto, publicado el 8 de abril de 2026, se presenta como una reflexión personal que, sin embargo, interpela directamente al lector, invitándolo a cuestionarse sus propias acciones y las de quienes le rodean.

La autora rememora las frases recurrentes de su padre, un hombre descrito como pan de Dios , noble y bondadoso, pero a quien, paradójicamente, otros aprovechaban su buena fe. Ante cualquier error, su padre preguntaba: ¿Edad mental? y ante una travesura que excedía los límites de la lógica, recurría a: Razón natural, hijita, razón natural . Estas expresiones, que en su momento la devastaban, ahora resuenan en su mente como un lamento por la pérdida de valores fundamentales.

La reflexión se extiende al recuerdo del Dr. Oswaldo Troya, amigo de la familia y poseedor de las mismas cualidades que su padre. Troya solía afirmar que El sentido común es el menos común de los sentidos , una frase que, según la autora, cobra cada vez más relevancia. Su marido, por otro lado, sostiene una visión aún más pesimista: que los ecuatorianos nacen pendejos por default y que un cambio es improbable.

La autora se niega a aceptar esta última afirmación, pero admite que el tiempo se le acorta y que la evidencia la lleva a dudar de su optimismo. A través de una serie de preguntas directas al lector, expone situaciones cotidianas que ilustran la falta de consideración hacia los demás y el desprecio por las normas básicas de convivencia.

¿Quién recogerá la caca del perro si el dueño, responsable, no lo hace? ¿Por qué alguien cree que puede bloquear una intersección al pasar con el semáforo en verde, aunque sepa que impedirá el paso a otros vehículos? ¿Por qué se utiliza una caja de hasta 10 artículos para adquirir 16 productos en un supermercado? ¿Por qué se saca la basura fuera del horario establecido, a pesar de conocer las ordenanzas municipales? ¿Por qué un buen empleado es obligado a renunciar para ser recontratado a prueba, una práctica cuestionable desde el punto de vista laboral?

Estas preguntas, planteadas con un tono directo y a veces incluso irónico, buscan despertar la conciencia del lector y provocar una reflexión profunda sobre la responsabilidad individual y colectiva. La autora no busca culpables específicos, sino más bien identificar un patrón de comportamiento que parece extenderse por toda la sociedad.

La preocupación de la autora se agudiza al considerar su propia longevidad. A sus 68 años, lleva un estilo de vida saludable, haciendo ejercicio, comiendo sano y evitando hábitos perjudiciales. Se pregunta si tendrá tiempo suficiente para demostrarle a su nieto, al que llama Santi, que los ecuatorianos sí poseen sentido común y razón natural, o si deberá resignarse a aceptar la visión pesimista de su marido.

El texto concluye con una nota de incertidumbre, dejando al lector con la tarea de responder a las preguntas planteadas y de reflexionar sobre su propio papel en la construcción de una sociedad más justa y responsable. La autora, a pesar de su angustia, no renuncia por completo a su optimismo, pero reconoce que el desafío es enorme y que el tiempo apremia. La publicación de este texto, más que una simple queja personal, se presenta como un llamado a la acción, una invitación a recuperar los valores perdidos y a construir un futuro mejor para las próximas generaciones. La pregunta final, un lacónico diunecha , refleja una mezcla de resignación y esperanza, dejando abierta la posibilidad de un cambio, aunque incierto.

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