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Trump Atrapado: La Guerra con Irán Desafía la Hegemonía Estadounidense

Trump Atrapado: La Guerra con Irán Desafía la Hegemonía Estadounidense

La guerra contra Irán ha colocado a Donald Trump en una situación sin precedentes: no se enfrenta a una operación rápida y vendible como victoria, sino a una campaña prolongada, incierta y sin una salida estratégica clara. Lo que debía ser una demostración de fuerza se ha transformado en una trampa que pone en riesgo no solo el destino de la operación militar, sino la credibilidad de la hegemonía estadounidense.

El problema central no es táctico, sino político. Ni Trump ni Pete Hegseth han logrado explicar cómo terminará esta guerra, evitando deliberadamente fijar objetivos claros y confiando en una lógica peligrosa: declarar la victoria cuando resulte conveniente. Este enfoque funcionó en operaciones puntuales, pero frente a un Estado que no colapsa, se convierte en un callejón sin salida. Irán no cayó en tres días , y al no hacerlo, la guerra pasó a ser todo lo que Trump detesta: larga y sin una forma clara de traducirse en victoria.

La escalada, como en un casino, genera su propia lógica. Cuanto más se invierte, más difícil es retirarse sin pérdidas. El resultado es una dinámica en la que la lógica estratégica queda subordinada a la necesidad política inmediata de no aparecer derrotado. Trump llegó al poder prometiendo no repetir Irak y Afganistán: sin nation building , sin guerras interminables, sin objetivos difusos. El ejército estadounidense, liberado de las estúpidas reglas de combate , emplearía una fuerza abrumadora para obtener resultados rápidos y decisivos.

Sin embargo, el núcleo real de ese enfoque era la deliberada ambig edad de los objetivos. Trump se reservaba la capacidad de redefinirlos sobre la marcha, de modo que la victoria no dependiera de una transformación concreta del terreno, sino de una decisión política. Este enfoque funcionó en la Operación Midnight Hammer, la campaña para atacar las instalaciones nucleares de Irán, y en la incursión para capturar al presidente Nicolás Maduro de Venezuela.

Pero la guerra en Irán ha expuesto el defecto estructural de ese esquema. Cuando lo que está en juego es la supervivencia de un régimen, el adversario no se rinde: resiste, se adapta y escala. La lógica de la guerra cambia. Ya no se trata de infligir daño, sino de quebrar voluntades, algo que la superioridad militar por sí sola no puede garantizar. Cuanto más se presiona a un Estado hasta un punto existencial, más se refuerza su incentivo a intensificar el conflicto, resultando en una deriva progresiva de la misión, donde cada escalada genera nuevas justificaciones para continuar. Lo que iba a ser una guerra sin atolladeros empieza a parecerse a los conflictos de los que Estados Unidos juró haber aprendido a salir.

Uno de los pilares de la confianza estadounidense era su superioridad tecnológica: inteligencia artificial, armas de precisión, capacidad de decapitación de mandos enemigos. Una superioridad técnico-militar concebida para producir victorias rápidas. Pero esa premisa está siendo erosionada. Según el analista independiente Hamidreza Azizi, desde el comienzo de la guerra, Irán ya no se limita a intentar absorber la presión y tomar represalias de la misma forma. En su lugar, está tratando de redefinir los términos del conflicto ampliando el campo de batalla, apuntando a la infraestructura que sustenta las operaciones estadounidenses e israelíes El resultado es una estrategia en evolución que busca convertir la asimetría militar en una ventaja estratégica . Esta nueva estrategia va acompañada de una redefinición de cómo percibe la victoria estratégica. En otras palabras, el éxito ya no se mide únicamente por los resultados en el campo de batalla, sino por si la guerra produce una nueva ecuación estratégica en la que se ha elevado el umbral de costes para atacar a Irán .

Esta estrategia no es producto de la improvisación, sino de un proyecto a largo plazo de autonomía tecnológica iniciado tras la guerra con Irak en la década de 1980. Antes de esta guerra, Irán ya exportaba cerca de 1.000 millones de dólares anuales en drones. La enorme capacidad de producción industrial de drones y misiles iraníes ha llevado al ex comisario europeo, Thierry Breton, a afirmar que En la guerra de las reservas , Irán aguanta a largo plazo . En esta primera guerra mundial asimétrica , como él denomina al actual enfrentamiento: el sistema occidental sabe golpear fuerte, pero no necesariamente durante mucho tiempo o al menos no al ritmo actual , mientras que Irán, con vectores más baratos y una doctrina de saturación, puede mantener una presión sostenida durante varios meses . En este marco, el derribo de un F-15E símbolo de la supremacía aérea no es solo un hecho militar, sino el síntoma de que la superioridad técnica ya no garantiza la victoria.

El punto más crítico no está en el campo de batalla, sino en el mar. El cierre selectivo del estrecho de Ormuz pone en cuestión el núcleo del poder estadounidense: el control de los flujos globales. La hegemonía de Washington no se basa solo en su poder militar, sino en su capacidad de controlar los mares a través de los istmos y los estrechos; el propio entramado de la globalización. El cuestionamiento del control sobre Ormuz socava la hegemonía estadounidense.

Como señaló Stephen Wertheim, investigador principal del Carnegie Endowment for International Peace: "¿Cuál es el sentido de toda la presencia militar estadounidense en Oriente Medio? Si tiene algún sentido, debería ser el de evitar algo como el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, la acción militar estadounidense solo ha provocado precisamente el problema que se supone que debe evitar". El Estrecho de Ormuz se convierte en el centro de gravedad de la guerra. La nueva doctrina de guerra iraní convierte esta vía de paso de una amenaza latente en un instrumento activo. La guerra ya no se limita al campo de batalla: se filtra en los mercados energéticos, en las rutas comerciales y en la estabilidad de los aliados regionales. En ese contexto, la lógica de la coerción rápida empieza a invertirse.

El actual conflicto no solo muestra una crisis militar, sino una transformación del rol global de Estados Unidos. Washington deja de ser el eje del orden que ella misma fundó y se convierte como reconocen incluso sus aliados en un factor de desestabilización global. Como afirma Vivian Balakrishnan, ministro de Asuntos Exteriores de Singapur: "El garante de este orden mundial se ha convertido ahora en una potencia revisionista, y algunos dirían incluso que en un disruptor". Una variable descontrolada que corre el riesgo de destruirse a sí misma y de precipitar al caos al resto del planeta. Estados Unidos deja de ser un garante fiable, lo que empuja a sus aliados a replantear su dependencia, entre dos alternativas: autonomía estratégica o la subordinación a otra potencia. Este dilema se plantea con mayor intensidad en el Golfo Pérsico.

Tal vez aún sea demasiado pronto para evaluar el alcance del daño causado al poderío estadounidense. Pero esta nueva Guerra del Golfo intensificará la carrera armamentística mundial, especialmente entre los aliados de Estados Unidos, cuya confianza empieza a erosionarse de forma sostenida.

Peor aún, la propia capacidad de Estados Unidos para ejercer su voluntad como hegemón supremo está en entredicho. Según Rosemary Kelanic, directora del programa de Oriente Medio de Defense Priorities, la creencia errónea de Trump de que la campaña contra Irán podría llevarse a cabo de forma rápida y limpia, demuestra que Estados Unidos no tiene las ventajas estratégicas y el poder que creía tener, y que quizá antes sí poseía .

En este marco, Estados Unidos enfrenta una dinámica de sobreextensión imperial cada vez más evidente: comprometido en múltiples frentes, consumiendo recursos a un ritmo difícil de sostener y erosionando el capital político que durante décadas sostuvo su liderazgo global. Como advirtió el editor internacional de Der Spiegel, la guerra en Irán no solo agota capacidades materiales como un arsenal de misiles que llevará años reponer , sino que desvía a Washington de sus prioridades estratégicas mientras lo empantana, otra vez, en Oriente Medio. En sus palabras: Mientras Estados Unidos está atado en Ucrania y, en realidad, quería centrarse en el Pacífico, está agotando a sus fuerzas armadas precisamente en Oriente Medio, la misma región a la que Trump afirmó que nunca volvería a enviar tropas. La guerra con Irán es una catástrofe estratégica para Estados Unidos .

La imagen final es inquietante. Trump aparece como un líder atrapado en su propia estrategia: incapaz de escalar sin riesgo, pero también de retirarse sin costo. Un jugador que ya no controla la partida. Aunque la guerra aun no ha terminado, se avizora una perspectiva inquietante para la única (¿superpotencia?) existente. Si Estados Unidos ya no puede asegurar los mares, ni imponer resultados, ni ofrecer estabilidad, entonces su hegemonía más que desafiada comienza a vaciarse desde adentro, como ocurrió con otros imperios antes de caer.

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