En octubre de 1976, Mario Vargas Llosa, entonces presidente del PEN Club Internacional, envió una contundente carta al dictador Jorge Rafael Videla denunciando la sistemática persecución a escritores, artistas y periodistas en Argentina. La misiva, basada en un informe detallado sobre la represión cultural, expone una realidad de censura, detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y exilio forzado que sacudió a la comunidad intelectual mundial.
El informe adjunto a la carta, titulado La persecución a artistas, intelectuales y periodistas en Argentina , documentaba una serie de acciones que atentaban contra los principios básicos de la cultura. Vargas Llosa reconoció que el documento podía contener expresiones que puedan atribuirse a la pasión política y algunas apreciaciones de carácter subjetivo , pero enfatizó que el grueso de su contenido constituye una relación de hechos de una gravedad tal que no puede dejar de consternar a cualquier persona civilizada .
La carta detalla una escalofriante lista de violaciones a la libertad de expresión y a los derechos humanos. Se mencionan libros secuestrados de bibliotecas universitarias y particulares, que fueron quemados públicamente en actos de barbarie cultural. Periódicos y revistas fueron clausurados temporal o definitivamente, y se impuso una rígida censura que asfixiaba el debate público. Escritores y artistas fueron detenidos sin cargos, sin acceso a la justicia y sin garantías legales. Editoriales fueron hostigadas y cerradas, y las instituciones dedicadas al arte y a la investigación sociológica fueron allanadas.
Pero la represión no se limitaba a las acciones oficiales del gobierno. Vargas Llosa denunció la actuación de comandos armados de gentes vestidas de civil que sembraban el terror en los hogares argentinos, acciones que, según el informe, el gobierno de Videla hasta el momento no ha impedido ni castigado . La carta cita casos concretos de intelectuales secuestrados, torturados, asesinados o desaparecidos, dejando a sus familias en la incertidumbre y el dolor.
La situación era tan grave que decenas de escritores, artistas y periodistas se vieron obligados a huir del país para salvar sus vidas, ante las constantes amenazas de muerte. Incluso el exilio no garantizaba la seguridad, como lo demostró el caso del poeta Juan Gelman, cuyos hijos y nuera fueron secuestrados en Buenos Aires en represalia por sus opiniones políticas.
En nombre del PEN Internacional, Vargas Llosa transmitió a Videla una más enérgica protesta por estos hechos, calificándolos de crímenes imperdonables contra el espíritu y particularmente insólitos en un país con el grado de civilización de Argentina . El escritor peruano exhortó al dictador a poner fin a la persecución de las ideas y los libros, a respetar el derecho a disentir, a salvaguardar la vida de los ciudadanos y a permitir que los escritores argentinos desempeñaran libremente su función en la sociedad.
Vargas Llosa anunció su intención de recomendar al PEN la publicación y difusión internacional del informe, no por convicciones políticas partidistas, sino como una estricta acción de solidaridad humana y de defensa de los más elementales principios morales que hacen posible la cultura .
La respuesta de Videla a esta valiente denuncia no fue una apertura al diálogo ni una promesa de respetar los derechos humanos. En cambio, unos meses después, ordenó la prohibición de la publicación y circulación de La Tía Julia y el escribidor , una de las novelas más emblemáticas de Vargas Llosa, argumentando que contenía ofensas a la familia, la religión y las instituciones armadas . Este acto de censura, lejos de silenciar la voz del escritor peruano, sirvió para poner de manifiesto la brutalidad y la intolerancia del régimen militar argentino.
La carta de Vargas Llosa y la posterior censura de su novela son un testimonio de la lucha por la libertad de expresión y la defensa de los derechos humanos en un contexto de dictadura y represión. La valentía del escritor peruano al denunciar las atrocidades cometidas en Argentina, a pesar de los riesgos que ello implicaba, lo consagra como un defensor incansable de la cultura y la dignidad humana. Su acción, junto con la de otros intelectuales y artistas, contribuyó a mantener viva la llama de la esperanza en medio de la oscuridad de la dictadura y a sentar las bases para la recuperación de la democracia en Argentina.












