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Adolescentes al límite: Un crimen que interpela a la sociedad

Adolescentes al límite: Un crimen que interpela a la sociedad

El reciente tiroteo en San Cristóbal, Santa Fe, donde un adolescente atacó a un compañero, ha reabierto el debate sobre la violencia entre pares y el fenómeno del bullying, aunque expertos advierten sobre la necesidad de analizar el problema en un contexto más amplio que la simple etiqueta. El episodio, marcado por la aparente falta de señales previas claras y la inquietante palabra sorpresa pronunciada por el agresor antes de disparar, ha generado conmoción y exige una reflexión profunda sobre los vínculos entre los jóvenes y las transformaciones del lazo social contemporáneo.

La psicoanalista Clelia Conde, del EFA, propone problematizar el término bullying , señalando que a menudo se utiliza para patologizar conductas que son, en realidad, una expresión generalizada de la dinámica social. En su opinión, la agresividad es constitutiva de la naturaleza humana, pero su manifestación se modula en relación con la autoridad y con los pares, quienes pueden ser fuente de apoyo, modelo o incluso objeto de afecto. Conde argumenta que lo que se observa actualmente no es un fenómeno aislado, sino una transformación en la forma en que se expresa la violencia entre jóvenes.

Gimena Sozzi, psicoanalista del EOL/AMP, introduce un matiz importante al analizar el concepto de bullying . Explica que el término, popularizado en inglés, se traduce como intimidación o matoneo, y evoca la imagen del toro que, ante una amenaza, embiste sin medir las consecuencias. Sozzi subraya que la convivencia implica una tensión inherente: la confrontación con la diferencia, que puede resultar insoportable porque el otro encarna aquello que uno rechaza profundamente.

La experiencia cotidiana en las aulas confirma que la agresividad entre estudiantes no es un fenómeno nuevo. María Laura, docente de escuela secundaria, señala que siempre ha existido el bullying, relacionado con la autoestima y la dificultad para reconocer la propia imagen y la diferencia en los demás. Sin embargo, advierte que las nuevas tecnologías han amplificado el problema, facilitando la difusión de información y la burla, al tiempo que dificultan la asunción de responsabilidades.

Conde enfatiza que el fenómeno no puede entenderse sin considerar el contexto social más amplio. En su opinión, el lazo social actual está marcado por una cierta violencia, lo que se traduce en expresiones más crudas y violentas de la agresividad entre pares. Además, señala un debilitamiento de los dispositivos de control social tradicionales, como la escuela y la comunidad, que han perdido valor y autoridad, dificultando el aprendizaje de la convivencia.

Sozzi coincide en que el clima actual está signado por la habilitación social al odio y la segregación, promovida incluso por figuras de poder. Plantea una pregunta fundamental: ¿cuál es el tratamiento que se le da a la diferencia en la sociedad contemporánea? Históricamente, el diferente ha sido objeto de exclusión y persecución, y es crucial reflexionar sobre cómo evitar que esta dinámica se repita.

La pérdida de referencias y el avance de la tecnociencia y las redes sociales también tienen un impacto significativo en la constitución subjetiva de los jóvenes. Conde advierte que la imagen de sí ya no se construye en relación con otro humano, sino con un otro inhumano , y que los tiempos y ritmos impuestos por las redes no son compatibles con la naturaleza humana. Esto puede conducir al aislamiento y a la dificultad para establecer vínculos significativos.

Esta observación encuentra eco en lo que relatan los docentes. Raquel, profesora de secundaria, destaca que el problema de las redes sociales es más preocupante que los conflictos en el aula. Describe la proliferación de cuentas anónimas donde se difunden rumores, fotos y videos humillantes, lo que dificulta la identificación de los responsables y la intervención. Subraya la importancia de trabajar con los estudiantes sobre la responsabilidad de difundir contenidos dañinos y la necesidad de fortalecer la empatía.

Conde señala que el entramado de vínculos debilitados y mediatizados tiene efectos profundos en la subjetividad de los jóvenes. El aislamiento es una de las claves para entender el caso de San Cristóbal. La palabra sorpresa pronunciada por el agresor, según su interpretación, es un grito desesperado por ser visible, un intento de romper el silencio y la invisibilidad. Lo define como un pasaje al acto , una irrupción desesperada ante la falta de reconocimiento.

Sozzi introduce otra clave de lectura sobre las señales de alerta. Advierte que los signos de malestar son variados y que no existe una lista de verificación universal. Pueden incluir disminución del rendimiento escolar, dificultades para dormir, aislamiento social o irrupciones de violencia.

La irrupción de hechos violentos con uso de armas plantea la cuestión de la imitación de fenómenos observados en otros países. Conde no descarta esta influencia, pero insiste en que el problema es más profundo y se relaciona con un lazo social perverso, sin límites claros sobre lo que se le puede hacer a un cuerpo. Vincula este escenario con la lógica del capitalismo global, que convierte a los niños en objetos de consumo y mercancía vulnerable.

Conde advierte sobre una transformación histórica del lugar de la infancia. El niño ha pasado de ser un pequeño adulto a objeto de pedagogía y, finalmente, a mercancía. Esta mercantilización implica una pérdida de condiciones básicas para el desarrollo subjetivo, como la privacidad y la protección.

Frente a este panorama, Conde reconoce que no hay respuestas simples, pero rechaza el fatalismo. Destaca la importancia de la resistencia y advierte sobre factores que agravan la situación, como la disponibilidad de armas, la dificultad para distinguir entre ficción y realidad y la falta de experiencias concretas.

En este sentido, cuestiona una idea muy extendida en la crianza contemporánea: la obsesión por la felicidad. Argumenta que lo importante es que el niño exista como sujeto, que se le exijan responsabilidades, que se le permita equivocarse y aprender de sus errores.

Conde y Sozzi coinciden en la importancia de la intervención temprana y la responsabilidad de los adultos. Destacan la necesidad de detectar la invisibilidad, de prestar atención a los chicos muy buenitos que se someten y se callan, porque su silencio puede serconde un sufrimiento profundo.

En conclusión, el caso de San Cristóbal es un llamado de atención sobre la necesidad de repensar el lazo social, fortalecer los vínculos entre los jóvenes y brindarles las herramientas necesarias para construir una identidad sana y resiliente. La violencia juvenil es un problema complejo que requiere un abordaje integral, que involucre a la familia, la escuela, la comunidad y el Estado.

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