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LUNA EN LA MIRA: SLS Tiene Una Última Oportunidad

LUNA EN LA MIRA: SLS Tiene Una Última Oportunidad
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El cohete Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS) de la NASA se prepara para un nuevo intento de lanzamiento el 1 de abril, marcando el tercer intento para una misión crucial dentro del programa Artemis. Este proyecto busca llevar astronautas a las cercanías de la Luna por primera vez desde 1972, pero se enfrenta a una acumulación de retrasos, problemas técnicos y presiones políticas y económicas crecientes.

La misión Artemis II será el primer vuelo tripulado de esta nueva fase lunar. Cuatro astronautas viajarán en la cápsula Orion durante aproximadamente diez días, siguiendo una trayectoria que los llevará a orbitar la Luna sin aterrizar, similar a la misión Apolo 8. El objetivo principal es validar sistemas esenciales como el soporte vital, la navegación en el espacio profundo y el comportamiento de la tripulación en un entorno que la humanidad no ha experimentado en más de medio siglo.

El SLS, con casi 100 metros de altura y capaz de generar más de 4 millones de kilos de empuje, es el cohete más potente en servicio actualmente. Sin embargo, cada intento de lanzamiento ha estado plagado de incidencias técnicas y críticas debido a su elevado coste, lo que convierte esta nueva fecha en una prueba decisiva para el futuro del programa Artemis.

El origen del SLS se remonta a 2010, cuando el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley de Autorización de la NASA tras la cancelación del programa Constellation. El objetivo era recuperar la capacidad de enviar astronautas más allá de la órbita terrestre baja, algo que no se había logrado desde el Apolo 17 en 1972. La hoja de ruta inicial contemplaba un regreso a la Luna en la década de 2020 y, a largo plazo, la preparación para una misión a Marte.

Desde el principio, el proyecto se basó en la reutilización de tecnología existente del programa del transbordador espacial, operado entre 1981 y 2011. Esta estrategia permitía aprovechar infraestructuras, conocimientos y piezas ya desarrolladas, al tiempo que respondía a la necesidad política de mantener empleos en estados clave como Alabama, Florida, Luisiana y Utah, donde se concentraba la industria aeroespacial relacionada con el Shuttle.

El diseño del cohete refleja esta herencia tecnológica. El SLS incorpora en su etapa central cuatro motores RS-25, utilizados previamente en los transbordadores espaciales, que funcionan con hidrógeno y oxígeno líquidos, una combinación eficiente pero compleja. A ambos lados se encuentran dos grandes propulsores de combustible sólido, similares a los del transbordador pero con un segmento adicional para aumentar su potencia. La estructura central recuerda al tanque externo del Shuttle, aunque ampliado y reforzado para soportar mayores cargas.

El desarrollo del SLS ha sido largo y complejo. Se llevaron a cabo pruebas clave, como el programa Green Run, donde los cuatro motores se encendieron simultáneamente durante varios minutos para simular las condiciones de lanzamiento y validar el funcionamiento de los sistemas. Sin embargo, el programa se ha visto afectado por retrasos continuos y un aumento significativo de los costes, con un precio por lanzamiento que podría superar los 4.000 millones de dólares.

Un punto de inflexión importante fue el lanzamiento de Artemis I en noviembre de 2022. Después de varios intentos fallidos, el SLS despegó con éxito desde el Centro Espacial Kennedy, enviando la cápsula Orion a la órbita lunar durante 25 días antes de su regreso a la Tierra. Orion recorrió cientos de miles de kilómetros, validando sistemas críticos como el escudo térmico y proporcionando datos valiosos sobre el comportamiento del cohete y la nave en condiciones reales de espacio profundo.

A pesar del éxito de Artemis I, persisten las dudas sobre el coste y la fiabilidad del SLS. Con un calendario ajustado y Artemis II programada como el primer vuelo tripulado, la NASA se enfrenta al desafío de demostrar que el sistema no solo funciona, sino que puede hacerlo de manera fiable y repetidamente. El próximo lanzamiento determinará si el SLS es la herramienta adecuada para llevar a la humanidad de vuelta a la Luna o si su papel se verá limitado por su propio diseño.

Uno de los problemas más persistentes ha sido la fuga de hidrógeno líquido durante las pruebas. Este combustible, aunque ofrece una excelente relación peso-energía, es extremadamente difícil de manejar debido a su pequeño tamaño molecular, que facilita su escape por imperfecciones en las juntas y sellos. Además, se almacena a una temperatura de -253 grados, lo que puede provocar contracciones, tensiones y microgrietas en los materiales del cohete.

Durante los ensayos de Artemis II, estas fugas reaparecieron en los umbilicales del sistema, las conexiones que suministran combustible y energía al cohete. En algunos casos, los técnicos tuvieron que detener la cuenta atrás a pocos minutos del despegue simulado para revisar y reemplazar sellos defectuosos.

Otro incidente relevante ocurrió en el sistema de helio, utilizado para la presurización de la etapa superior. Tras un ensayo aparentemente exitoso, se detectó que el gas no circulaba correctamente debido a un sello mal colocado en el mecanismo de desconexión rápida, lo que obligó a trasladar el cohete al edificio de ensamblaje para realizar las reparaciones necesarias.

El SLS se enfrenta a un panorama diferente al de los cohetes históricos como el Saturno V. Mientras que la NASA ha mantenido un enfoque basado en tecnología tradicional y sistemas de alta potencia de un solo uso, empresas privadas como SpaceX han revolucionado el sector con cohetes reutilizables como el Falcon Heavy.

La principal diferencia radica en el modelo de funcionamiento. El SLS es un cohete desechable, mientras que el Falcon Heavy de SpaceX puede recuperar sus primeras etapas para reutilizarlas en futuras misiones, reduciendo significativamente el coste por lanzamiento y aumentando la frecuencia de uso.

En términos de capacidad, el SLS mantiene una ventaja en misiones lunares tripuladas, ya que está diseñado para enviar la cápsula Orion con astronautas directamente a la Luna en un solo lanzamiento. Sin embargo, el Falcon Heavy, aunque es uno de los cohetes más potentes del mundo, está más orientado al transporte de satélites y cargas pesadas en misiones comerciales.

Blue Origin está desarrollando el New Glenn, que busca un punto intermedio con la reutilización de su primera etapa y una gran capacidad de carga. Este contexto plantea un dilema para la NASA: continuar apostando por un sistema propio, potente pero costoso, o adaptarse a un modelo más flexible y económico impulsado por el sector privado.

El lanzamiento previsto para el 1 de abril es crucial para el programa Artemis y la credibilidad de la NASA. Un despegue exitoso confirmaría que el SLS está preparado para su papel en el regreso del ser humano a la Luna. La presión es alta, ya que el programa moviliza miles de millones de dólares y sostiene una compleja red industrial en numerosos estados de Estados Unidos. Cualquier retraso o cancelación tendría un impacto económico y político considerable.

Además, el contexto internacional es relevante. China avanza en su propio programa lunar y ha expresado su objetivo de establecer una presencia en la superficie lunar. En este escenario, cada misión de Artemis es fundamental para reforzar el liderazgo estadounidense en el espacio y definir las normas del futuro entorno lunar.

Artemis II servirá para evaluar la competitividad de la estrategia espacial de Estados Unidos en esta nueva era, en un momento en que las empresas privadas están desarrollando cohetes reutilizables más baratos y eficientes. El éxito de la misión no solo pondrá a prueba al SLS, sino que también determinará si el modelo espacial de Estados Unidos sigue siendo viable en el futuro.

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