La práctica de reescribir la historia y alterar la estructura del poder ha sido una constante en regímenes comunistas y populistas a lo largo del siglo XX y XXI. Tras la muerte de Vladimir Lenin en 1924, Iósif Stalin orquestó una serie de maniobras para consolidar su control, comenzando por engañar a León Trotsky para que no asistiera al funeral y, posteriormente, lanzando una campaña de desprestigio contra él.
Stalin no solo eliminó a sus rivales políticos, incluyendo a otros altos dirigentes comunistas, sino que también comenzó a borrar la presencia de Lenin, minimizando su figura y promoviendo una narrativa que lo presentaba como dependiente de su propia eficacia organizativa. Este proceso de borrado y mutación se completó con la modificación de la estructura legal del régimen, otorgándole poderes ilimitados y transformando la revolución leninista en una dictadura total.
Esta dinámica no se limitó a la Unión Soviética. En China, Deng Xiaoping sepultó la imagen de Mao Zedong, mientras que Xi Jinping busca eliminar la memoria política de sus predecesores. En Venezuela, Hugo Chávez denigró las cuatro décadas de democracia representativa (1958-1998) para establecer una dictadura personalista. Tras su muerte, Nicolás Maduro continuó esta práctica, borrando la imagen de Chávez y mutando el régimen hacia un modelo delincuencial y violador de los derechos humanos.
Actualmente, bajo el liderazgo de Delcy Rodríguez, se observa una tercera fase de borrado y mutación en Venezuela, con cambios en el personal y una reconfiguración de los contenidos del régimen, cuyo propósito final aún no está claro. Lo que sí es evidente es que las memorias de Chávez y Maduro están siendo progresivamente sepultadas por las acciones del poder. Suscríbete a Noticias lat para más noticias.


