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La "Mala Madre": Un grito contra el juicio constante

La "Mala Madre": Un grito contra el juicio constante
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La autora Ej Dickson explora en su nuevo libro, One Bad Mother , la cultura del juicio implacable hacia las madres, revelando cómo las expectativas sociales y la vigilancia constante, exacerbadas por internet, generan ansiedad y culpa innecesarias. La conversación con CNN, ligeramente editada y condensada para mayor claridad, desentraña las complejidades de lo que se considera una mala madre en la sociedad actual y cómo esta definición es sorprendentemente amplia y subjetiva.

Dickson argumenta que ser una mala madre es una etiqueta que se aplica a cualquier mujer que se desvíe del molde cultural estadounidense dominante. Puede ser por ser demasiado permisiva o autoritaria, por su estilo de vestir, por su preocupación por la apariencia, o incluso por la falta de ella. En esencia, es una herramienta para juzgar y controlar el comportamiento femenino, especialmente en el ámbito de la maternidad.

La autora destaca que nunca ha sido más fácil ser considerada una mala madre , debido a la omnipresencia de la vigilancia, tanto en la vida real como en línea. Comparando la sociedad actual con un panóptico, describe la sensación constante de ser observada y juzgada, lo que lleva a las madres a autocontrolarse y a juzgar a otras. Internet, en particular, intensifica esta dinámica, creando un espacio donde las críticas y los juicios son constantes y a menudo despiadados.

Dickson señala una doble vara de medir: mientras que los padres son elogiados simplemente por estar presentes en la vida de sus hijos, las madres son juzgadas por cada aspecto de su crianza. Esta disparidad refleja una historia de responsabilización desigual, donde las madres han sido tradicionalmente consideradas las principales responsables del bienestar y el éxito de sus hijos, mientras que a los padres se les ha otorgado mayor indulgencia.

El libro también aborda el concepto de crianza intensiva o crianza helicóptero , caracterizada por una participación excesiva en cada detalle de la vida de los hijos. Dickson argumenta que esta práctica, aunque bien intencionada, puede ser perjudicial tanto para los niños como para las madres. Los niños necesitan espacio para cometer errores y aprender de ellos, mientras que las madres se ven abrumadas por la presión de controlar cada aspecto de la crianza, lo que puede conducir a la ansiedad y la depresión.

La autora observa una creciente presión en madres, especialmente en entornos urbanos como Brooklyn, para practicar este tipo de crianza intensiva, lo que les roba la alegría y la satisfacción inherentes a la maternidad.

En cuanto a cómo evitar la culpa de madre, Dickson comparte su propia experiencia, reflexionando sobre el hecho de que las madres han trabajado fuera del hogar durante la mayor parte de la historia de la humanidad. La presión para que las mujeres se quedaran en casa y se dedicaran exclusivamente a la crianza de los hijos es un fenómeno relativamente reciente, impulsado por las circunstancias sociales y económicas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Comprender este contexto histórico ayuda a aliviar la culpa internalizada y a cuestionar las expectativas sociales.

Dickson critica la tendencia a juzgar la calidad de la crianza en función de los logros futuros de los hijos, como la educación o el trabajo. Argumenta que estos no son los estándares adecuados, ya que el objetivo principal de la crianza debe ser amar, apoyar y criar a los hijos, independientemente de sus pasiones o elecciones de vida. En su opinión, los únicos indicadores relevantes son la salud y la felicidad de los niños, especialmente durante la infancia.

La autora también advierte sobre la explotación de las inseguridades de las madres por parte de empresas que ofrecen productos y servicios dudosos. Insta a las madres a ser discernientes y a cuestionar las motivaciones de aquellos que intentan venderles soluciones a sus problemas de crianza.

Finalmente, Dickson defiende la importancia de permitirse momentos de descanso y desconexión, incluso si eso significa poner a los hijos frente al televisor o usar el teléfono durante unos minutos. Reconoce que la cultura de crianza actual está impregnada de ansiedad y que las madres necesitan priorizar su propio bienestar para poder cuidar adecuadamente de sus hijos. La autora enfatiza que no es necesario involucrarse en cada aspecto de la crianza y que tomarse un respiro es esencial para mantener la salud mental y emocional.

En resumen, One Bad Mother es una crítica contundente a la cultura del juicio constante hacia las madres, un llamado a la empatía y la comprensión, y una invitación a liberarse de las expectativas sociales que generan ansiedad y culpa innecesarias. Es un libro que resuena con las experiencias de muchas madres y que ofrece una perspectiva refrescante y liberadora sobre la maternidad.

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