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Pantallas Roban Recuerdos: El Silencioso Peligro para Abuelos y Niños

Entre pantallas y rutinas digitales, la infancia y la vejez comparten un riesgo silencioso: perder el tiempo compartido que construye vínculos, memoria y sentido familiar.

Pantallas Roban Recuerdos: El Silencioso Peligro para Abuelos y Niños

La omnipresencia de las pantallas en la vida moderna está redefiniendo la forma en que interactuamos, aprendemos y nos conectamos, impactando a todas las generaciones. Desde la infancia hasta la vejez, la “trayectoria digital” que construimos, como la describe la pediatra autora de esta reflexión, está moldeando nuestras relaciones y, potencialmente, nuestra salud mental y cognitiva. La creciente dependencia de dispositivos electrónicos, especialmente entre los adultos mayores, plantea serias preocupaciones sobre el aislamiento social, el deterioro cognitivo y la pérdida de valiosos momentos intergeneracionales.

La autora, en su análisis, recuerda con cariño los sábados de su infancia, llenos de actividades simples pero significativas con sus tías: ir al supermercado, elegir frutas y verduras, crear muñecas de trapo, organizar desfiles de moda improvisados. Estos recuerdos, desprovistos de pantallas, representan una conexión humana profunda, un espacio para la imaginación, la conversación y el aprendizaje a través de la experiencia compartida. Es precisamente esta ausencia de tecnología lo que los convierte en recuerdos tan vívidos y valiosos.

El problema, según la especialista, no radica en la tecnología en sí misma, sino en la forma en que la utilizamos y en cómo esta desplaza otras formas de interacción social. Los adultos mayores, que alguna vez fueron los pilares de la familia y los primeros maestros de sus nietos, están cada vez más absortos en el mundo digital, pasando horas frente a la televisión, navegando por redes sociales o comprando en línea. Si bien la tecnología puede ofrecer beneficios como mantenerse conectados con familiares y amigos lejanos o acceder a información relevante, también puede convertirse en una forma sutil de aislamiento.

La evidencia científica respalda esta preocupación. Estudios demuestran que el uso prolongado de pantallas en adultos mayores, especialmente cuando reemplaza el contacto social, se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo, depresión y soledad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha reconocido el aislamiento social en personas mayores como uno de los problemas de salud pública más subestimados de nuestro tiempo, destacando la urgencia de abordar esta problemática.

Pero el impacto de las pantallas no se limita a los adultos mayores. La autora señala que los niños también están aprendiendo de los adultos, observando cómo utilizan la tecnología en casa. Cuando un abuelo está absorto en su teléfono, el niño aprende que la pantalla es más interesante que la interacción humana, que la conexión puede esperar y que los momentos compartidos no son tan urgentes como la notificación que acaba de llegar. Esta dinámica puede tener consecuencias a largo plazo en el desarrollo emocional y social de los niños, afectando su capacidad para establecer relaciones significativas y disfrutar de la compañía de sus seres queridos.

La pediatra enfatiza que nadie le enseñó a hacer muñecas de trapo en una pantalla; fue una tía quien le tomó de la mano y le mostró cómo hacerlo. Este simple acto de compartir tiempo y habilidades creó un recuerdo imborrable, un vínculo emocional que ninguna tecnología puede replicar.

La solución, según la autora, no es demonizar las pantallas, sino encontrar un equilibrio y priorizar las actividades que fomenten la conexión humana y el aprendizaje a través de la experiencia. Sugiere alternativas simples pero poderosas, como jugar en el patio, armar rompecabezas, cocinar juntos o inventar historias. Estas pequeñas decisiones cotidianas, aunque parezcan insignificantes, contribuyen a construir una “trayectoria digital” familiar más saludable y enriquecedora.

La clave está en recordar que el tiempo compartido es un tesoro invaluable, un regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos y que, a su vez, nos enriquece a nosotros mismos. Es importante ser conscientes de cómo estamos utilizando la tecnología y de cómo esta está afectando nuestras relaciones. Debemos esforzarnos por crear espacios para la interacción cara a cara, para la conversación, para el juego y para la creación de recuerdos que perduren en el tiempo.

La autora concluye que las decisiones que tomamos hoy, como familia, determinarán la “trayectoria digital” que construimos y, en última instancia, los recuerdos más felices de nuestra infancia. Esos recuerdos, que ningún algoritmo podrá diseñar por nosotros, son el legado más valioso que podemos dejar a las futuras generaciones. La invitación es a reflexionar sobre cómo estamos utilizando la tecnología y a priorizar las actividades que fomenten la conexión humana, la imaginación y el aprendizaje a través de la experiencia compartida. Se trata de construir una vida equilibrada, donde la tecnología sea una herramienta al servicio del bienestar humano, y no un sustituto de la conexión y el afecto.

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