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Líbano al Borde: Desesperación y Acusaciones en Oleada de Desplazados

En el vestíbulo de una escuela secundaria donde se hacinan cientos de desplazados, Zainab Mokdad, que huyó de los suburbios del sur de Beirut bajo las bombas, no puede contener su ira contra esta nueva guerra "impuesta" con Israel.

Líbano al Borde: Desesperación y Acusaciones en Oleada de Desplazados

Beirut, Líbano – Cientos de civiles libaneses, desplazados por la reciente escalada de violencia entre Israel y Hezbolá, se encuentran hacinados en escuelas y centros de acogida al norte de Beirut, sumidos en la desesperación y la ira. La renovada hostilidad, desencadenada por ataques del grupo chiita libanés en represalia por la muerte del líder supremo iraní, ha provocado un éxodo masivo desde el sur del Líbano, amenazando con una crisis humanitaria de proporciones alarmantes.

Zainab Mokdad, de 50 años, relata su huida de los suburbios del sur de Beirut bajo el estruendo de las bombas. “Es una pesadilla. Estás en tu casa, segura, y de repente tienes que huir”, dice con la voz quebrada, sentada sobre un colchón improvisado en el vestíbulo de una escuela secundaria convertida en refugio, mientras cuida a su hija enferma. Mokdad describe cómo estaba preparando el *suhoor*, la comida que precede al amanecer durante el Ramadán, cuando los ataques israelíes comenzaron a golpear su barrio, un bastión tradicional de Hezbolá. Pasó la noche a la intemperie, frente al mar, antes de llegar al centro de acogida, sintiéndose abandonada y víctima de una guerra “impuesta”.

La escena se repite en aulas vacías por todo el país. El cansancio de las noches sin dormir se refleja en los rostros de mujeres y niños, que pasan el tiempo sentados sobre finas mantas de lana o directamente sobre el suelo. El primer ministro libanés, Nawaf Salam, ha advertido sobre el inminente “desastre humanitario” que se avecina debido al desplazamiento masivo de la población del suburbio sur, donde residen entre 600.000 y 800.000 personas. Salam no se detuvo ahí, lanzando una crítica velada a Hezbolá, al afirmar que los desplazados son “víctimas de la guerra israelí contra Líbano, pero también de quienes proporcionaron un pretexto para la agresión israelí”.

La escalada actual tiene sus raíces en la guerra israeloestadounidense, inicialmente dirigida contra Irán. Sin embargo, los ataques del lunes por parte de Hezbolá, presentados como una venganza por la muerte del líder iraní, provocaron una respuesta contundente por parte de Israel. La situación recuerda a conflictos anteriores, como el de 2024, cuando Hezbolá, gracias a su extensa red financiera, proporcionaba asistencia a los desplazados, incluyendo ayuda económica para reubicarse.

Sin embargo, la situación actual es diferente. Hezbolá se ha debilitado considerablemente desde entonces, y sus circuitos financieros están bajo presión. Las familias que huyen, a menudo sin llevar consigo más que lo puesto, se sienten abandonadas a su suerte. Aunque muchos se muestran reacios a criticar abiertamente a Hezbolá, el apoyo incondicional que el grupo disfrutó durante mucho tiempo parece estar disminuyendo.

Hiam, de 53 años, quien huyó de su hogar durante los primeros bombardeos, expresa su frustración: “¿Cuánto tiempo más durará nuestro sufrimiento? ¿Cuál es el objetivo de esta guerra? ¿Para qué resultado? Nada de esto tiene sentido”. Su voz se une al coro de quejas de aquellos que se sienten “librados a su suerte”, repitiendo un patrón histórico de conflicto y desplazamiento. “La historia se repite, pero ¿a quién le importa nuestro pueblo?”, se lamenta, insistiendo en la falta de apoyo y recursos. “¿Quién nos dará dinero? No hemos visto a ningún responsable, nadie tocó a nuestra puerta”.

En una habitación contigua, donde las mujeres preparan el *iftar*, la comida para romper el ayuno durante el Ramadán, Lubna Saad, de 42 años, cuenta su huida en plena noche de la pequeña ciudad de Bint Jbeil, cerca de la frontera con Israel. “No pensé que esto se repetiría”, dice entre sollozos, recordando el conflicto anterior que ya había obligado a muchos habitantes de la región a abandonar sus hogares. “Creía que habíamos regresado a casa y que había terminado”.

Nohad Arkan, una maestra de 33 años, se muestra exhausta después de pasar la noche huyendo del sur del Líbano. “No había ninguna razón para que esta guerra se repitiera, y llega en el peor momento”, dice con desesperación. “Tengo la sensación de vivir una pesadilla y espero despertarme”.

Para muchos libaneses, la guerra nunca terminó realmente. A pesar del alto el fuego alcanzado en noviembre de 2024, Israel continuó bombardeando las zonas fronterizas para aniquilar las posiciones de Hezbolá y neutralizar a sus líderes. Mohamad Ali Taqi, de 50 años, trabajador de la ciudad fronteriza de Markaba, suspira: “Nadie está seguro, nadie puede cultivar sus tierras ni vivir con normalidad”. Su voz refleja la angustia de una población atrapada en un ciclo interminable de violencia. “No hay siquiera compasión por los niños”, subraya con amargura.

La situación plantea serias interrogantes sobre el futuro del Líbano y la capacidad del país para hacer frente a una nueva crisis humanitaria. La falta de apoyo internacional y la creciente desconfianza hacia Hezbolá amenazan con exacerbar el sufrimiento de los desplazados y prolongar el conflicto. La comunidad internacional observa con preocupación, mientras el Líbano se tambalea al borde del abismo, con miles de vidas en juego. La necesidad de una solución diplomática urgente y de una asistencia humanitaria masiva nunca ha sido tan apremiante.

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