El presidente Donald Trump ha lanzado una operación militar contra Irán, denominada por el Pentágono como "Furia Épica", generando una profunda incertidumbre sobre sus objetivos finales y la posible duración del conflicto. Inicialmente, Trump justificó la acción como un intento de eliminar una amenaza nuclear y, en un giro sorprendente, incluso llamó a la sublevación del pueblo iraní tras anunciar la supuesta muerte del ayatolá Alí Jamenei. Sin embargo, rápidamente matizó estas declaraciones, asegurando que la guerra, emprendida en conjunto con Israel, no busca un cambio de régimen. Esta ambigüedad ha generado críticas y preguntas sobre la verdadera estrategia detrás de la intervención.
La operación, liderada por Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se ha saldado con un número indeterminado de víctimas, con informes que hablan de cientos de muertos en Irán. Trump ha advertido que la guerra podría extenderse por varias semanas, incluso anticipando nuevos ataques de mayor envergadura. Ante la creciente presión por aclarar los objetivos de la guerra, la administración Trump y sus asesores han delineado cuatro metas de naturaleza estrictamente militar: destruir la marina y las capacidades militares de Irán, poner fin al apoyo estatal a grupos militantes regionales y prevenir el desarrollo de armas nucleares por parte del país.
Analistas como Matthew Kroening, del Atlantic Council, sugieren que Trump ya ha logrado gran parte de lo que buscaba, eliminando a un líder considerado un obstáculo para los intereses estadounidenses durante décadas. Kroening cree que Trump podría estar buscando calibrar los límites de la intervención, evitando una prolongación del conflicto similar a las guerras de Irak y Afganistán. "Creo que pueden irse a casa casi que en cualquier momento y declarar esto como un éxito", afirma, destacando que la estrategia se centra más en evitar ciertos resultados que en alcanzar objetivos específicos.
Sin embargo, Negar Mortazavi, investigadora del Centro para las Políticas Internacionales, advierte que Irán podría no aceptar un cese al fuego inmediato, argumentando que en el pasado no ha respondido con la suficiente contundencia para disuadir futuros ataques. "Su objetivo final es asegurarse de que esto duela lo suficiente y que el dolor se sienta lo suficiente en Estados Unidos, Israel y también en los países vecinos", explica Mortazavi, señalando la determinación iraní de infligir un costo significativo a sus adversarios.
Para Netanyahu, la estrategia actual es familiar. Israel ha llevado a cabo repetidas operaciones para destruir infraestructura militar en Siria, buscando debilitar a sus adversarios históricos en momentos de vulnerabilidad. En este contexto, la administración israelí apoya la promoción del líder interino Ahmed al-Sharaa, un exyihadista, mientras busca degradar las capacidades de Irán. La ofensiva implacable contra Gaza tras el ataque de Hamás en octubre de 2023, un grupo respaldado por el régimen iraní, sirve como precedente de la disposición de Netanyahu a utilizar la fuerza para alcanzar sus objetivos.
La guerra en Irán marca un contraste con las intervenciones estadounidenses anteriores, donde se justificaba la acción militar con el objetivo de instalar democracias en Afganistán e Irak. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha dejado claro que la guerra en Irán no será "un ejercicio de construcción de democracia" y que no habrá "reglas de enfrentamiento estúpidas". Esta declaración refleja un cambio en la mentalidad de la administración Trump, priorizando la eficacia militar sobre la promoción de valores democráticos.
Trita Parsi, vicepresidente ejecutivo del Instituto Quincy, asegura que el objetivo de Trump en Irán es la "implosión" del régimen, no un cambio de gobierno. "La esperanza es que logren degradar al máximo las capacidades de Irán o las capacidades represivas del Estado", afirma Parsi, añadiendo que desde la perspectiva israelí, el colapso del Estado iraní eliminaría a un actor geopolítico clave de la región.
La posibilidad de un levantamiento interno en Irán ha sido alimentada por Reza Pahlavi, hijo del último sah, quien ha llamado a los iraníes a derrocar el régimen religioso. Esta intervención se produce semanas después de la represión de protestas masivas en Irán, que dejaron miles de muertos.
Sin embargo, la falta de claridad en los objetivos de Trump ha generado escepticismo. Max Boot, historiador militar e investigador del Consejo de Relaciones Exteriores, señala que Trump no ha definido si busca un cambio de régimen o simplemente un cambio en el comportamiento de Irán. "Pienso que lo mantiene ambiguo para que, sin importar lo que pase, pueda decir que obtuvo una gran victoria", afirma Boot, sugiriendo que la ambigüedad estratégica podría ser una táctica para asegurar una narrativa favorable, independientemente del resultado final.
La situación en Irán es volátil y las consecuencias de la intervención liderada por Trump e Israel son impredecibles. La "Furia Épica" podría desencadenar una escalada regional, con implicaciones significativas para la estabilidad global. La comunidad internacional observa con preocupación, esperando que se encuentre una solución diplomática que evite una guerra prolongada y devastadora. La ambigüedad en los objetivos y la falta de una estrategia clara plantean serias dudas sobre el futuro de la región y el papel de Estados Unidos en el conflicto. La posibilidad de una implosión del régimen iraní, aunque deseada por algunos, podría generar un vacío de poder y una mayor inestabilidad en un Oriente Medio ya convulso.


