El Caribe costarricense enfrenta una crisis silenciosa pero implacable: la erosión costera está devorando playas, amenazando comunidades y poniendo en jaque el futuro del turismo en la región. El Parque Nacional Cahuita, un tesoro natural y un importante destino turístico, es uno de los epicentros de este fenómeno, con pérdidas significativas de terreno en los últimos años. La situación, lejos de ser una novedad, ha sido advertida por científicos y residentes durante más de una década, pero la falta de recursos y una planificación territorial deficiente han obstaculizado la implementación de medidas efectivas para mitigar el impacto.
Manzanillo, una comunidad histórica dentro del distrito de Cahuita, es el punto más crítico. Vecinos como Cesmar Rivera Gamboa lamentan la pérdida de la playa que conocieron en su juventud. “La playa medía casi 15-20 metros. Y ahora no hay árbol ni playa”, declara con tristeza, señalando el mar que avanza sobre lo que antes era tierra firme. Los datos respaldan sus palabras: un reciente análisis de la Universidad Nacional (UNA) revela que en los últimos 16 años se han perdido 40 metros de playa en el sector crítico de Manzanillo.
Gustavo Barrantes Castillo, profesor de la Escuela de Ciencias Geográficas de la UNA y coordinador del Programa de Geomorfología Ambiental, ha liderado investigaciones sobre la erosión en el Caribe Sur desde Moín hasta Gandoca. Sus estudios, que incluyen un monitoreo constante desde hace años, confirman una tasa de erosión de -2.0 metros por año en Manzanillo, con un retroceso medio de -31.8 metros en 16 años, alcanzando los -40 metros en algunos puntos. Barrantes enfatiza que la erosión no es un problema aislado, sino que está vinculada al ascenso del nivel del mar y a la tectónica local.
La preocupación se extiende a las Áreas Silvestres Protegidas (ASP), donde la degradación de los corales agrava la situación. La pérdida de rugosidad y diversidad coralina permite que los oleajes severos impacten directamente en la costa, acelerando la erosión. “Si esto está sucediendo en áreas protegidas, ¿cómo vamos a manejarlo en las áreas que están dentro de la ley de zona pública?”, se pregunta Barrantes, alertando sobre la vulnerabilidad de la infraestructura costera y la pérdida de terreno público.
El Parque Nacional Cahuita también se ve afectado. Datos al 2020 revelan una erosión significativa, lo que obliga a replantear el uso de los senderos, la ubicación de la infraestructura y la implementación de acciones de restauración. La directora del Área de Conservación La Amistad Caribe (Aclac), Maylin Mora Arias, reconoce la necesidad de adaptar el turismo, mover la infraestructura y sumar a la comunidad en las prácticas de reforestación. “La restauración y reforestación es la forma con mejores resultados que más podemos hacer, porque todo lo que se vaya a trabajar con erosión es bastante caro, tiene que tener bastantes recursos que en este momento nos tenemos”, explica.
Aclac planea proyectos para crear arrecifes artificiales y adaptar o cerrar senderos, pero reconoce que el proceso es lento y requiere mayor sensibilización de la comunidad. Actualmente, el Sinac está actualizando el Plan de Manejo del Parque Nacional Cahuita para los próximos 10 años, incorporando el estado de la erosión.
Sin embargo, la información generada por las instituciones científicas y de conservación no está siendo utilizada de manera efectiva por las autoridades locales. La Municipalidad de Talamanca, el Instituto de Desarrollo Rural (Inder) y otras entidades involucradas en el ordenamiento territorial no cuentan con los datos actualizados sobre la erosión. Aclac se ha comprometido a compartir esta información para generar alerta y promover acciones conjuntas.
Barrantes subraya la importancia de combinar el monitoreo científico con la información local para tomar decisiones informadas. “Es importante que nuestros datos sean considerados, estudiados y se interpreten a la luz de la realidad de las comunidades para que planifiquen su territorio, pero de una manera más participativa, no impuesta diciéndoles, ‘tiene que irse porque viene la erosión’, sino que la persona ya ha visto que hay erosión. Entonces, si les podemos explicar el proceso y lo que implica quedarse ahí, decidir si podemos darle alguna solución para que se retire o si podemos cambiar la forma de construir para adaptar los procesos”, justifica.
El experto puntualiza dos elementos clave para abordar la erosión marina: la adaptación del uso del suelo en la zona costera, incluyendo el tipo de construcción, los materiales y la altura del suelo, y la participación activa de las comunidades en la planificación territorial. La solución no es detener la erosión, que es un proceso natural, sino aprender a convivir con ella y minimizar sus impactos.
La colaboración entre la UNA y Aclac, que funciona como asesor científico de los guardaparques, es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, se necesita una mayor coordinación entre todas las instituciones involucradas, una inversión significativa en medidas de adaptación y restauración, y una participación activa de las comunidades locales para enfrentar este desafío de manera efectiva. La erosión costera en Cahuita no es solo un problema ambiental, sino también social y económico, que amenaza el futuro de una región y la identidad de sus habitantes. La inacción no es una opción. El tiempo se agota y el mar sigue reclamando la costa.


