El nuevo filme del cineasta ucraniano Sergei Loznitsa, “Dos Procuradores”, ha desatado una ola de reacciones y debates a nivel internacional, especialmente en el contexto de la actual situación política en Rusia y la guerra en Ucrania. La película, galardonada en el Festival de Cannes con el Prix François Chalais por su compromiso con la verdad periodística, se sumerge en el corazón del Gran Expurgo stalinista de 1937 a través de la mirada de un joven procurador que descubre la brutalidad y la arbitrariedad del sistema. Sin embargo, la obra trasciende la mera recreación histórica para establecer un inquietante paralelismo con el presente, denunciando la persistencia de mecanismos autoritarios y la continuidad de una cultura de represión en la Rusia contemporánea.
La trama sigue a Kornev (Aleksandr Kuznetsov), un procurador recién asignado a una ciudad soviética, quien se enfrenta a un laberinto burocrático y a una atmósfera de desconfianza generalizada al descubrir que su predecesor fue arrestado y torturado. Su intento por investigar el caso lo lleva a un sistema opaco donde las pistas se desvanecen, las escaleras no conducen a ninguna parte y los ascensores se niegan a detenerse, simbolizando la imposibilidad de acceder a la verdad y la omnipresencia del poder.
El actor Aleksandr Filippenko, quien interpreta tanto al procurador arrestado como al Capitán Kopeikin, no duda en calificar la película como una denuncia directa del régimen actual de Putin. En una entrevista exclusiva concedida a Estadão, Filippenko afirma que la obra expone las “fuerzas oscuras y destructivas del poder” que “devoran todo en su camino”, y que este sistema tiene sus raíces en la KGB, la agencia de inteligencia soviética, cuyos oficiales son, según su opinión, los “mentores” de los actuales líderes del Kremlin.
Filippenko, cuya familia ha sido víctima de la represión soviética, aporta una autenticidad visceral a su interpretación. Su preparación para el papel no se limitó a la investigación técnica, sino que se nutrió de años de apoyo a organizaciones de derechos humanos como Memorial (disuelta por el gobierno de Putin) y del trabajo con el Centro Sakharov, así como de la lectura de obras clave de autores como Alexander Solzhenitsyn, Nikolai Demidov, Yuri Dombrovsky y Lidiya Chukovskaya, quienes documentaron los horrores del régimen soviético.
“Esto no es un diálogo, es una declaración directa sobre el estado actual del poder en Rusia”, enfatiza Filippenko. La película, según el actor, apunta un “espejo de aumento” a la KGB/FSB y al Kremlin, revelando que no se trata de un pasado lejano, sino de un presente vivo y palpable.
La construcción de los dos personajes que interpreta Filippenko es particularmente reveladora. El procurador arrestado representa el idealismo frustrado de aquellos que creyeron en la posibilidad de construir un “nuevo mundo”, solo para enfrentarse a la crueldad de su propia creación. El Capitán Kopeikin, por otro lado, encarna la perpetuidad de la brutalidad en la historia rusa, un sistema que puede cambiar de rostro y de ideología, pero que permanece inalterable en su esencia represiva.
Filippenko destaca la importancia de no permitir que la historia sea reescrita por los herederos de la KGB, quienes, según él, están intentando borrar la memoria de las víctimas y justificar los crímenes del pasado. En este sentido, la película se convierte en un acto de resistencia y un llamado a la memoria histórica.
La recepción internacional de “Dos Procuradores” ha sido ampliamente positiva, con elogios a la dirección de Loznitsa, las actuaciones del elenco y la profundidad de su mensaje político. Sin embargo, la película no ha sido exhibida oficialmente en Rusia, donde el gobierno de Putin ha intensificado la represión contra la disidencia y ha restringido la libertad de expresión.
A pesar de la censura, Filippenko expresa su esperanza de que la película llegue al público ruso y provoque una reflexión sobre el legado de Stalin y la naturaleza del poder en el país. “Hablar sobre las represiones es necesario, de nuevo y de nuevo”, afirma el actor. “El fenómeno de la ‘tercera generación’ es bien estudiado en el contexto del Holocausto: muchas veces, las propias víctimas se callan, y la elaboración solo llega a los nietos o incluso a los bisnietos. En Rusia, este proceso de elaboración no ha tenido tiempo de ocurrir. Los nietos de los reprimidos de entonces vuelven a ser reprimidos ahora.”
Filippenko concluye con un mensaje contundente: “Es importante hablar. Recordar. Contar sobre los crímenes. Hacer que los nombres de las víctimas y el absurdo de las acusaciones no desaparezcan de la memoria. Y esto no solo concierne a Rusia. Hablar en voz alta, llamar a las cosas por su nombre, es nuestra oportunidad de seguir existiendo como humanidad.”
La película de Loznitsa, por lo tanto, no es solo una obra cinematográfica, sino un documento histórico y un testimonio moral que nos obliga a confrontar los peligros del autoritarismo y la importancia de defender la verdad y la justicia en un mundo cada vez más polarizado y amenazado por la represión. La obra plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad individual y colectiva, la memoria histórica y la necesidad de construir un futuro basado en el respeto a los derechos humanos y la dignidad de todas las personas.


