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El Oscuro Legado de Maciel: 18 Años Después, la Violencia Espiritual Persiste

EL UNIVERSAL entrevistó a las expertas Maribel Borrego y Geru Aparicio para conocer las secuelas en menores abusados por figuras religiosas

El Oscuro Legado de Maciel: 18 Años Después, la Violencia Espiritual Persiste

Hace 18 años, el 30 de enero de 2008, Marcial Maciel murió en Estados Unidos, dejando tras de sí un rastro de devastación y un legado de impunidad. El fundador de la congregación “Los Legionarios de Cristo”, un sacerdote que durante décadas abusó de al menos sesenta menores de edad, incluyendo a sus propios hijos biológicos, continúa proyectando su sombra sobre las víctimas y la Iglesia Católica. A casi dos décadas de su fallecimiento, EL UNIVERSAL presenta una profunda inmersión en la “violencia espiritual” que sufren los menores víctimas de abusos ligados a la vida clerical, revelando las complejas heridas emocionales y metafísicas que tardan décadas en sanar, si es que lo hacen.

Expertas consultadas por este diario explican que los perpetradores, como Maciel, trastocan límites emocionales cruciales para el desarrollo infantil y adulto, vulnerando elementos fundamentales como la fe y la relación con lo divino. Esta manipulación facilita el silencio de las víctimas, a menudo prolongado durante años, incluso décadas, al crear una disonancia cognitiva y un sentimiento de culpa que las paraliza.

La gravedad de las acciones de Maciel fue reconocida oficialmente por el Vaticano en 2010, dos años después de su muerte, cuando fue descrito como un criminal “carente de escrúpulos” con una doble vida diametralmente opuesta a los valores religiosos que profesaba. Fundó Los Legionarios de Cristo con el pretexto de acercar a los niños a la Iglesia Católica, pero en realidad los sometió a abusos sexuales, físicos y psicológicos sistemáticos durante décadas.

La cifra oficial de 60 víctimas, revelada por la propia congregación religiosa en diciembre de 2019, representa uno de los capítulos más oscuros en la historia del catolicismo. Las víctimas denuncian un manto de protección papal y eclesiástico que secundó y encubrió estos crímenes, permitiendo que Maciel operara con total impunidad durante años.

Para comprender los efectos devastadores que Maciel dejó en el desarrollo psicosocial de sus víctimas, EL UNIVERSAL entrevistó a la psicopedagoga Maribel Borrego y a la perito y victimóloga Geru Aparicio. Ambas expertas coinciden en que el abuso sexual infantil se caracteriza por una relación de poder desigual, donde el adulto agresor ejerce autoridad y dominio sobre la víctima, que se encuentra en una posición de subordinación.

“Hay una figura que es de autoridad, que domina, y otra de subordinación, así que existe desigualdad", explica Geru Aparicio. Esta dinámica de poder genera lo que las expertas denominan “ambivalencia afectiva”, en la que los niños experimentan un “malestar de la violencia” al mismo tiempo que perciben “aspectos de seducción, de buenos tratos” por parte del agresor.

Testimonios desgarradores de víctimas como Juan José Vaca y Arturo Jurado, relatados a la periodista Carmen Aristegui, revelan la manipulación psicológica y espiritual empleada por Maciel. El sacerdote les aseguraba que tenía “permiso del Papa Pío XII para masturbarse” o que la eyaculación no era un pecado, sino “un acto de caridad”. Estas afirmaciones pervertían la fe de los niños y les hacían cuestionar sus propios valores morales.

Antes de iniciar el abuso físico, Maciel recurría a la violencia emocional y la manipulación, una táctica conocida en psicología como “grooming”. Este proceso consiste en establecer acercamientos y generar confianza con la víctima para facilitar el abuso posterior. Maribel Borrego subraya que un abusador “lo hace porque puede”, y señala que en México la mayoría de los abusadores se encuentran dentro del ámbito familiar.

Un abusador, según las expertas, tiene “un perfil muy particular”, caracterizado por la falta de responsabilidad y el uso de la intimidad como una herramienta para obtener poder y mantener el secreto. Las víctimas sufren una profunda disonancia cognitiva desde el primer momento, ya que todo lo relacionado con los genitales implicaba, para ellos y su fe, un pecado. La contradicción de que una figura “santa” como Maciel les pidiera tocarse en zonas íntimas generaba confusión y angustia.

Geru Aparicio explica que las víctimas padecían también “violencia espiritual”, que trasciende el abuso físico y afecta la dimensión emocional y espiritual, provocando un trastrocamiento identitario integral. En estas condiciones, a los menores les resulta difícil reconocer que están siendo víctimas de abuso sexual, ya que no lo identifican como un delito, sino como un pecado o una transgresión contra Dios.

“Si la persona está viviendo la violencia, no hablará en ese momento. Por eso muchas de las personas que viven violencia sexual lo hablan años después, pueden pasar décadas para que lo hablen”, detalla Aparicio. La experta señala que existe un temor generalizado entre las víctimas de ser señaladas como “cómplices de su agresor”, e incluso pueden desarrollar ideas distorsionadas como: “si me callé, es porque me gustó”.

La “polivalencia afectiva” es otro factor que complica la recuperación de las víctimas. Pueden experimentar sentimientos de gratitud hacia el agresor, especialmente si vivían en condiciones de precariedad o violencia familiar, y perciben la oportunidad de estudiar o tener una alimentación adecuada como un beneficio.

Geru Aparicio enfatiza la importancia de considerar el contexto histórico en el que ocurrieron los abusos de Maciel y Los Legionarios de Cristo. En aquella época, para una familia católica de escasos recursos, tener un hijo sacerdote podía representar un gran orgullo, lo que facilitaba la manipulación y el encubrimiento de los abusos.

Para Aparicio, estos abusos se dan en una sociedad patriarcal y adultocéntrica en la que los menores de edad son vistos como “objeto de pertenencia” y no como personas con derechos. En el caso de Maciel, la victimóloga señala que, a pesar de la falta de una carpeta de investigación abierta por los abusos, “siempre el adulto va a tener ventaja”, debido a la diferencia de edad, roles y fuerza física.

“Esta experiencia de vida hace que haya una brecha (...). Generalmente la persona que hace el abuso sexual tiene como prioridad la propia y exclusiva gratificación sexual. O sea, cosifica e instrumentaliza a la niñez”, explica Aparicio.

Testimonios reveladores, como el de Juan José Vaca, quien se convirtió en uno de los “predilectos” de Maciel a los 12 años, arrojan luz sobre la propia historia de abuso del sacerdote. Vaca relató que Maciel fue víctima de abuso cuando era niño, y que su padre y sus hermanos mayores lo maltrataban debido a su afeminidad. A los 10 o 12 años, su padre lo envió a sus tierras en Cotija “para que se hiciera hombrecito”, donde fue abusado por dos peones.

Maciel detestaba a su padre, ya que “quedó marcado” por el crimen sexual que sufrió. Esta experiencia traumática pudo haber contribuido a su comportamiento abusivo posterior.

La psicóloga Maribel Borrego advierte que un menor abusado sexualmente podría convertirse en un posible abusador, y que esto puede ocurrir incluso en la infancia. Aunque los niños tienen conductas sexuales acordes a su edad, es posible que una víctima muestre gestos y movimientos que no corresponden a su etapa de desarrollo, lo que podría indicar que está replicando patrones de abuso.

Ambas expertas coinciden en que es necesario que la Iglesia Católica reconozca la educación sexual integral como un derecho fundamental que forma parte de la dignidad humana. Enfatizan que, aunque todo sistema de creencias es legítimo, el Estado laico debe garantizar y promover los derechos humanos, independientemente de la religión que se profesa.

Finalmente, exhortan a priorizar la atención a las víctimas sobre el agresor, y a visibilizar su experiencia como parte de su derecho a la verdad, la justicia y la reparación integral del daño. Geru Aparicio llama a no desplazar la culpa ni la mirada hacia los padres o las propias víctimas, sino a centrarse en quien generó la violencia.

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