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"La Picantosa": El sabor del auténtico "agachadito" de bollos en La Bahía de Guayaquil

Shirley Quiñónez, conocida como La Picantosa, deleita a diario a decenas de comensales con su icónico "agachadito" urbano

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"La Picantosa": El sabor del auténtico "agachadito" de bollos en La Bahía de Guayaquil
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Shirley Quiñónez Corozo, conocida como La Picantosa, se ha consolidado durante 16 años como un referente gastronómico en el sector de La Bahía, en Guayaquil. Desde su puesto estratégico frente al malecón Simón Bolívar, ofrece bollos tradicionales de pescado, chancho y mixtos por 2,50 dólares, convirtiendo su sazón en el sustento de su hogar y en un imán para los comensales locales. La experiencia se vive bajo el concepto del agachadito, donde los clientes disfrutan sus platos en sencillos bancos de plástico sobre la vereda. Para los guayaquileños, visitar a La Picantosa es más que una comida rápida y económica; es un acto de identidad urbana y nostalgia que rescata la esencia de la calle y el sabor auténtico de la ciudad.

En el corazón comercial de Guayaquil, específicamente en la parada de la Metrovía en el sector de La Bahía, frente al malecón Simón Bolívar, se despliega cada mañana una escena cotidiana que define la identidad gastronómica urbana de la ciudad. Un balde blanco con una funda repleta de arroz, una canasta que resguarda más de un centenar de bollos envueltos cuidadosamente en hojas de plátano y, a un costado, el arsenal indispensable de complementos: botellas plásticas con salsa de maní, ají y limones frescos.

Detrás de este puesto se encuentra Shirley Quiñónez Corozo, ampliamente conocida en el sector bajo el apelativo de "La Picantosa". Con una trayectoria de 16 años vendiendo bollos en este punto estratégico, Shirley ha convertido su puesto en un referente para decenas de comensales que buscan un sabor auténtico y accesible. Su jornada comienza temprano, operando desde las 09:00 hasta que se agotan las existencias, lo que generalmente ocurre alrededor de las 16:00.

La logística detrás de su negocio requiere un esfuerzo considerable. Cada mañana, Shirley viaja desde el Guasmo Sur con la comida ya preparada. El proceso de elaboración comienza la noche anterior, cuando se encarga de rallar el verde, majarlo y licuarlo con agua para armar los bollos. Esta receta, que hoy representa su principal sustento económico, fue un conocimiento transmitido por su exesposo. En su menú, ofrece opciones para todos los gustos: bollos mixtos, de chancho y de pescado. El plato tiene un costo de 2,50 dólares e incluye una porción de arroz, aunque también ofrece cocolón como alternativa. Para completar la experiencia, la mayoría de sus clientes suele acompañar el alimento con un vaso de jugo de naranja.

Para Shirley, su labor va más allá de la venta de comida; es una expresión de orgullo local. "Preparo bollos y también vendo comida en mi casa. Gracias a Dios la gente me busca", afirma la comerciante, quien sostiene con convicción que "guayaco que se respeta viene y se come su bollazo". Actualmente, Shirley mantiene la esperanza de que las festividades de Guayaquil impulsen aún más el flujo de clientes y "revolucionen" sus ventas diarias.

La dinámica del puesto se caracteriza por el concepto del "agachadito", donde los comensales se acomodan en sencillos bancos de plástico instalados directamente sobre la vereda. Este espacio se ha convertido en un punto de encuentro para personas de diversas edades y procedencias. Anthony Pacheco es uno de esos clientes habituales. Él visita el puesto junto a su esposa y su hijo de cuatro años, quien, según relata Pacheco, consume este platillo en La Bahía desde que tenía apenas un año de edad.

Pacheco, quien suele llegar temprano los sábados para asegurar su porción antes de que se terminen, prefiere condimentar su bollo con dos limones, aunque prescinde de la salsa de maní. Para él, el acto de comer sentado en la vereda es una parte fundamental de la identidad local, resumiendo la experiencia como "el auténtico agachadito".

Otra clienta recurrente es Karen Tixe, residente de la parroquia Pascuales. Tixe afirma haber consumido bollos en La Bahía desde hace aproximadamente 17 años, desde que se instaló la primera vendedora en la zona. Su combinación predilecta incluye maní, limón, cocolón y jugo de naranja. A pesar de la distancia de su hogar, asegura que el viaje vale la pena por la sazón de La Picantosa. Para ella, estos puestos callejeros, a los que denomina "huequitos", poseen un valor superior a los restaurantes tradicionales, ya que permiten comer rápido, barato y quedar satisfecho para continuar con las actividades del día. Según Tixe, el bollo es un alimento sin horario formal que encaja en cualquier momento, ya sea para combatir el "chuchaqui" o simplemente por gusto.

Finalmente, la experiencia en el puesto de Shirley también evoca nostalgia para algunos. Nelson Solíz, futbolista retirado, asocia este escenario con su infancia y los tiempos en que se compartía pan con cola en la calle. Para Solíz, comer en La Bahía es una forma de "volver a tocar tierra" y una ley urbana obligatoria cada vez que visita la zona comercial. Describe la escena de los banquitos, la vereda y el flujo de motos pasando como el entorno esencial donde el guayaco debe degustar su bollo.

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