El Soplo Mágico: La Fascinante Historia del Abuelo de un Cineasta
Nace un niño con mirada antigua
Doña Rufina caminaba descalza por el sendero empinado, en medio de una noche de tormenta, con una lámpara envuelta en un trapo. Cuando llegó a la casa, la madre ya gemía bajito, con el rostro pálido y las manos heladas. Doña Rufina sacó de su bolso un cordón de san Benito, unas hojas de ruda y una oración para abrir los caminos del cuerpo.
El parto fue largo, pero sin susto. El niño salió entero, fuerte, tibio, pero callado. No lloró. No movió ni una mano. Sus ojos miraron a doña Rufina con un brillo antiguo, que ella no había visto nunca en un recién nacido. "Este no llegó llorando -susurró-. Este vino viéndolo todo."
Entonces tocaron la puerta. Tres veces. Un hombre de blanco, empapado, bajo la lluvia, buscaba abrigo. Pero cuando el padre volvió a mirar, ya no estaba. Quedó apenas un relumbre, un mínimo resplandor, sobre un rastro de tierra removida.
Doña Rufina limpió al niño con agua tibia y le sopló tres veces sobre el pecho "para que el alma se acomode". Antes de irse, rezó una oración vieja, para que el espíritu que andaba buscando cuerpo no se equivocara otra vez.
A lo largo de su vida, el abuelo del cineasta Jurgen Ureña soñó muchas veces con ese hombre de blanco. Nunca le veía el rostro, pero sentía que lo conocía de antes. Los obreros contaban historias parecidas: un hombre de blanco que aparecía antes de las inundaciones o cuando alguien moría lejos de casa.
Desde pequeño, el abuelo supo que las brujas buscaban el soplo que doña Rufina le había regalado al nacer. Una noche, vio una sombra flaca y agachada detrás del gallinero. Sintió un peso en el pecho, un tirón hacia afuera, como si le robaran el aire. Entonces recordó el gesto de doña Rufina, imitó el movimiento y sopló con fuerza. La sombra retrocedió, deshecha por el viento.
Desde ese día, en las noches de lluvia, el niño colgaba la lámpara en la ventana, no para alumbrar el camino, sino para que el aire no se durmiera. Dicen que el alma respira también, aunque no tenga cuerpo. Quizá por eso su abuelo guardó siempre aquel primer soplo como quien protege una brasa.
Más de un siglo después, la historia le sigue llegando al cineasta Jurgen Ureña por fragmentos. Cuando piensa en su abuelo, lo ve soplar hacia la oscuridad. Y entiende: el soplo no era para espantar fantasmas, sino para mantenerlos cerca, sin que dolieran.












