La salida abrupta de Nicolás Maduro del poder ha abierto en Venezuela un escenario inédito, cargado de incertidumbre, pero también de expectativas contenidas. A diferencia de transiciones anteriores en América Latina, el actual proceso venezolano no surge de una negociación política interna plenamente consensuada, sino de una combinación de presión internacional, colapso económico prolongado, un autoritarismo exacerbado y una intervención externa que sigue generando rechazo en la opinión pública global.
Sin embargo, más allá de las controversias sobre el origen del nuevo escenario, el país enfrenta hoy un desafío urgente: estabilizarse económica y políticamente para evitar el colapso total y abrir un camino creíble hacia nuevas elecciones democráticas.
Según el análisis, la estrategia de Estados Unidos y la comunidad internacional se basa en una hoja de ruta de tres etapas: primero, la estabilización inmediata para contener el caos; luego, la recuperación económica y social; y finalmente, la transición política con elecciones libres y verificables.
La prioridad en esta primera fase es garantizar el funcionamiento mínimo del Estado: control de recursos estratégicos, flujo de importaciones esenciales, pago de salarios básicos y reducción de la violencia. Esto ha llevado a aceptar soluciones transitorias que privilegian la gobernabilidad por sobre la legitimidad inmediata.
La segunda etapa se enfoca en la reactivación económica y social, lo que implica flexibilizar sanciones, permitir inversiones supervisadas y canalizar ayuda humanitaria. Paralelamente, se requieren medidas internas clave como la reconstrucción institucional básica y señales claras de reconciliación nacional.
Finalmente, la tercera etapa es la transición política propiamente dicha, cuyo punto culminante debe ser la convocatoria a elecciones libres, competitivas y verificables. Esto dependerá de la reconstrucción de instituciones electorales independientes y garantías para todas las fuerzas políticas.
El reto es que estas tres etapas no son lineales ni automáticas, sino que se superponen, se condicionan entre sí y están expuestas a sabotajes internos, errores de gestión y tensiones geopolíticas. Además, la sombra de la intervención externa sigue pesando sobre la percepción de legitimidad del proceso.
En este delicado equilibrio entre principios y pragmatismo se juega el futuro inmediato de Venezuela. Si la estabilización deriva en un nuevo autoritarismo "administrado", el proceso perderá apoyo. Pero si se acelera una elección sin condiciones mínimas o el tiempo es demasiado largo, el resultado puede ser una crisis aún mayor.












