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Salud mental en Sudamérica: Más visibilidad, pero aún falta comprensión y políticas sostenidas

Salud mental en Sudamérica: Más visibilidad, pero aún falta comprensión y políticas sostenidas

La salud mental dejó de ser un tema oculto y hoy invade titulares y redes sociales. Pero la visibilidad no siempre trae comprensión: detrás del ruido digital hay cifras que exigen rigor, contexto y políticas sostenidas.

Hablar de salud mental dejó de ser un tabú. Hoy ocupa titulares, redes sociales y espacios de debate público. Sin embargo, como advierte un reciente informe de Deutsche Welle, más conversación no siempre significa mejor comprensión. En Sudamérica una región marcada por desigualdades, violencia y acceso limitado a servicios el tema exige rigor y contexto.

Persisten mitos peligrosos: creer que la salud mental solo importa cuando aparece una enfermedad, o reducir la depresión, la ansiedad y el estrés a simples "estados de ánimo". La evidencia es clara: estos problemas afectan la vida diaria, las relaciones y la productividad. Ignorarlos agrava sus consecuencias.

En Perú, los datos oficiales revelan la magnitud del desafío. Según el Boletín Epidemiológico 2025 del Instituto Nacional de Salud Mental, en enero los intentos de suicidio atendidos se concentraron en adolescentes y jóvenes: 88,2% eran menores de 30 años y 76,5% mujeres, siendo la intoxicación medicamentosa el método más frecuente. No hablamos de malestares leves, sino de sufrimiento psíquico severo.

En el mismo periodo, los episodios depresivos moderados y graves se distribuyeron entre hombres y mujeres, con mayor presencia en adultos mayores. Frente a discursos alarmistas, un dato clave: no se registraron nuevos casos de primer episodio psicótico ese mes.

El problema no es nuevo. Un estudio de 2015 en hospitales regionales reveló que 44,2% de pacientes con problemas físicos había tenido algún trastorno mental en su vida, principalmente depresión, ansiedad y consumo problemático de alcohol. Sin embargo, solo 6,1% de los casos activos fue identificado. El déficit no era sobrediagnóstico, sino falta de detección y atención oportuna.

Hoy, el país cuenta con más de 295 Centros de Salud Mental Comunitarios, que han reducido estigmas y acercado la atención. Pero persisten brechas: acceso limitado en zonas alejadas, alta rotación de profesionales y citas demasiado espaciadas, que afectan la continuidad terapéutica.

Mientras tanto, en redes sociales proliferan "tamizajes", autodiagnósticos y la psicologización de problemas cotidianos. Visibilizar ayuda; banalizar confunde. No todo estrés es un trastorno, pero tampoco todo sufrimiento debe normalizarse.

La salida es clara: fortalecer los servicios comunitarios, garantizar continuidad, invertir en formación especializada, integrar la salud mental al primer nivel y regular el contenido digital. La salud mental no es una moda ni un test en redes: es un problema real, con cifras concretas, que exige políticas sostenidas y responsabilidad colectiva.

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