Donald Trump ha intensificado la presión política, económica y militar sobre Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro. El presidente estadounidense se reunió con ejecutivos de las principales petroleras del mundo, buscando asegurar hasta $100.000 millones en inversiones para reconstruir la infraestructura petrolera venezolana bajo control de EE.UU.
Sin embargo, las compañías se mostraron evasivas y cautelosas, condicionando cualquier movimiento a garantías de seguridad física y jurídica, calificando la situación actual del país como "inviable". Pese a que Trump proyecta inversiones privadas masivas, los líderes del sector evitaron compromisos públicos, centrando la discusión en los riesgos operativos y la volatilidad de la región.
En paralelo, el mandatario intensificó sus intenciones de adquirir Groenlandia, advirtiendo que, aunque prefiere un acuerdo amistoso, está dispuesto a actuar con firmeza, declarando: "Me gustaría llegar a un acuerdo por las buenas, pero si no lo hacemos así, lo haremos por las malas".
Trump justificó la intervención en Venezuela bajo el argumento de que, si EE.UU. no tomaba el control, adversarios como China o Rusia lo habrían hecho primero. Aunque el presidente afirmó tener una "muy buena" relación con el gobierno interino venezolano, también se mostró dispuesto a vender crudo a Rusia y China sin restricciones.
Mientras tanto, el régimen chavista inició un "proceso exploratorio de carácter diplomático" con EE.UU. para "restablecer las misiones diplomáticas bilaterales", y anunció la liberación de algunos presos políticos, lo que Trump calificó como una "búsqueda de paz". Sin embargo, la oposición y la comunidad internacional advierten que estas medidas son insuficientes para una verdadera transición democrática.











