En la República Dominicana, muchos ciudadanos de clase media han visto cómo sus tarjetas bancarias, en lugar de ser un medio de pago confiable, se han convertido en una fuente recurrente de angustia. Un reportaje de investigación revela que algunos usuarios del Banco de Reservas (Banreservas) han sido víctimas de múltiples episodios de fraude con sus tarjetas de débito y crédito, con montos que pueden llegar a miles de pesos.
El problema no se limita solo al impacto económico, sino también al desgaste emocional que sufren los afectados. Desde llamadas incómodas al servicio al cliente, hasta visitas presenciales a sucursales y discusiones familiares sobre quién utilizó la tarjeta, el fraude bancario se ha convertido en una experiencia de vida para una parte de la clientela de Banreservas.
Un elemento clave que agrava la situación es la falta de notificaciones oportunas por parte del banco. En muchos casos, los usuarios descubren los cargos fraudulentos días después, al revisar sus cuentas en la plataforma digital, cuando el daño ya está hecho. Esta demora en las alertas deja a los clientes en una posición vulnerable, sin poder reaccionar a tiempo para detener la cadena de consumos.
La sensación de desgaste se acentúa en la clase media, que sostiene una parte importante del consumo formal y paga altos impuestos, pero que termina expuesta a fraudes que, en ocasiones, no logran ser revertidos por completo. Incluso cuando el dinero es devuelto, el proceso deja cicatrices en forma de tiempo perdido, estrés y una confianza dañada en el sistema financiero.
Los testimonios recogidos en el reportaje revelan una realidad preocupante: algunos clientes han sufrido hasta tres episodios de fraude en un solo año. Esto convierte el problema en una cuestión institucional y social, que va más allá de casos individuales. La pregunta que surge es: ¿qué tan preparado está el sistema bancario dominicano para prevenir, detectar y responder de manera ágil ante este tipo de fraudes?
Más allá del reembolso puntual, los usuarios reclaman algo básico: alertas oportunas, explicaciones claras, procesos de reclamación eficientes y señales de que la seguridad no depende solo de cuidar la tarjeta, sino de un ecosistema completo que responda a la realidad del fraude moderno. De lo contrario, el desgaste emocional y económico que deben soportar los ciudadanos podría convertirse en una carga demasiado pesada para la clase media dominicana.








