Una marea conservadora avanza en América Latina y, de consolidarse en el transcurso de este año, podría dejar a México en una posición incómoda: más aislado políticamente en la región y, por lo mismo, más vulnerable frente a su socio más complejo e impredecible, Estados Unidos.
Los recientes resultados electorales en Chile, Honduras y Ecuador, junto con el fortalecimiento del proyecto de Javier Milei en Argentina, reflejan el desgaste de los proyectos progresistas que no lograron responder con eficacia a problemas persistentes como la inseguridad, el bajo crecimiento económico y la fragilidad fiscal. El mensaje de las urnas ha sido menos doctrinario y más pragmático: orden, estabilidad macroeconómica y una relación funcional con los grandes centros de poder pesan hoy más que las afinidades ideológicas.
Este cambio en la correlación de fuerzas en el continente pone a México en una posición incómoda. Brasil y Colombia, los dos países que junto con México han sido los principales referentes de la izquierda latinoamericana reciente, definirán su rumbo este mismo año. Un viraje hacia la derecha en cualquiera de los dos, o en ambos, reduciría de forma significativa la capacidad de México para articular posiciones comunes en la región.
El riesgo para México es quedar aislado no solo en términos discursivos, sino en algo más relevante: su capacidad real de construir consensos y respaldos. La política exterior mexicana ha apostado históricamente por la no intervención y el respeto a la soberanía, pero estos principios pierden fuerza cuando el entorno se inclina hacia gobiernos que privilegian una cooperación estrecha con Washington, incluso a costa de tensiones con vecinos ideológicamente distintos.
Un México aislado es un México más expuesto. Migración, seguridad, comercio y energía son frentes abiertos en los que la correlación de fuerzas importa tanto como los principios. Sin respaldo regional, la negociación se vuelve más asimétrica. Además, si las principales economías latinoamericanas avanzan hacia políticas más pro-mercado, con reglas más previsibles, la competencia por atraer inversión se intensificará, y México podría perder atractivo relativo.
El dilema para el gobierno de Claudia Sheinbaum es claro. Persistir en una narrativa que encuentra cada vez menos eco en la región implica asumir mayores costos externos. Ajustar el tono y privilegiar el pragmatismo puede ser políticamente incómodo hacia adentro y generar tensiones con los sectores más duros de Morena, incluido el expresidente López Obrador.
En un entorno regional que se mueve hacia la derecha, quedarse solo no es una postura de principios. Es una señal de fragilidad estratégica. Y en 2026, un año que ya se perfila complejo para México, esa fragilidad puede salir muy cara.












