La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 marcará un hito en la historia de las relaciones internacionales, reabriendo una pregunta clave sobre cómo actúan realmente los Estados cuando perciben amenazas o creen que está en juego un interés vital.
Más allá de las reacciones morales inmediatas, este episodio debe analizarse desde una perspectiva teórica que ilumine la realidad: el realismo político. Lejos de centrarse en culpas y virtudes, el realismo invita a mirar la política internacional como un campo donde predominan los intereses, las correlaciones de fuerza y las estrategias de supervivencia de los Estados.
En el caso venezolano, aparece una capa de realidad más compleja que el discurso oficial de la política exterior, que ha insistido en valores, democracia y derechos humanos. Aquí se evidencian una crisis institucional prolongada, la centralidad del petróleo en la economía global y la presencia de potencias que compiten directamente con Washington. El núcleo de la decisión, por lo tanto, no está en los principios, sino en el poder: quién lo ejerce, quién lo pierde y en qué condiciones lo preserva.
Inevitablemente, surge el tema de la soberanía. Si bien el derecho internacional impone límites al uso de la fuerza, la práctica muestra una tensión persistente entre lo que las normas declaran y lo que los Estados poderosos están dispuestos a hacer cuando consideran que sus intereses estratégicos están comprometidos. El caso venezolano expone esa fricción con inusual claridad, donde distintos actores invocan la legalidad, pero Estados Unidos actúa conforme a su interpretación del interés nacional.
La discusión sobre la transición política también es reveladora. Muchos imaginaron que María Corina Machado ocuparía el centro de la escena, pero no fue así. La explicación no está solo en simpatías o antipatías, sino en una categoría que rara vez se discute con rigor: la gobernabilidad. Gobernar un país en crisis implica negociar con estructuras existentes, lidiar con actores que conservan poder coercitivo, ofrecer certezas mínimas a sectores en pugna y evitar que el sistema colapse. En este contexto, los actores externos suelen preferir liderazgos capaces de reducir riesgos, aunque no sean los más carismáticos o simbólicamente puros.
La intervención también devuelve al centro la idea de hegemonía. Las grandes potencias no solo reaccionan ante problemas inmediatos, sino que buscan moldear su entorno para que resulte previsible y seguro según sus propios parámetros. Cuando Washington asume un papel decisivo en la transición venezolana, envía un mensaje que rebasa lo nacional y reitera una constante histórica del hemisferio.
En resumen, el episodio de la intervención en Venezuela funciona como un espejo que muestra que el sistema internacional no opera como un tribunal moral, sino como un espacio de competencia atenuado por normas cuya aplicación es desigual. Recuerda que las transiciones políticas no se sostienen únicamente en legitimidad, sino en capacidad efectiva de gobierno. Y confirma que la hegemonía sigue siendo un factor decisivo para comprender decisiones que, desde fuera, parecen contradictorias.
Para nuestra región, la lección es menos emocional de lo que suele proponerse. No se trata de aplaudir ni de condenar por reflejo, sino de comprender que el derecho, sin poder que lo respalde, puede volverse retórico, y que el poder, sin marcos normativos, erosiona la estabilidad. El realismo político no promete consuelo, pero sí ofrece lucidez para entender las reglas no escritas de la política internacional y actuar con mayor prudencia y responsabilidad.

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