La reciente captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha abierto un capítulo inédito en América Latina, planteando preguntas sobre el futuro de Venezuela y las implicaciones regionales. Este hecho, más allá del impacto mediático, obliga a reflexionar sobre las lecciones que la historia ofrece y los riesgos que conlleva.
La caída de dictadores o líderes autoritarios no garantiza, por sí sola, una transición democrática estable. Casos como Panamá, Irak, Afganistán y Libia demuestran que la salida de un gobernante puede derivar en conflictos prolongados, inestabilidad y la consolidación de nuevas hegemonías. Venezuela enfrenta ahora ese mismo dilema.
La salida de Maduro no implica el desmantelamiento automático de las redes militares y económicas que sostienen al chavismo. Sin acuerdos mínimos entre las partes involucradas, el riesgo es reemplazar una forma de poder por otra o abrir paso a la violencia. La tentación de imponer soluciones rápidas suele terminar en fracasos duraderos.
Para América Latina, el impacto de la captura de Maduro será regional, asociado a temas de migración, tensiones diplomáticas y nuevos alineamientos geopolíticos. Además, la operación unilateral de Estados Unidos crea un precedente que erosiona las normas internacionales y puede justificar futuras intervenciones selectivas en la región.
La oportunidad de una transición democrática en Venezuela existe, pero no vendrá sola. Requiere reglas claras, supervisión externa y garantías para la ciudadanía. De lo contrario, confundir la caída de un caudillo con la llegada de la democracia sería correr el riesgo de repetir la historia y los costos que eso implica.











