La tarde de este lunes, las redes sociales se convirtieron en un hervidero de rumores y preocupación en Caracas, Venezuela. Varios videos grabados en los alrededores del Palacio de Miraflores mostraban una escena inquietante: grupos armados desplegados y el sonido seco de detonaciones rompiendo la calma en el centro de la capital.
Durante varios minutos, el silencio oficial alimentó todo tipo de teorías sobre un posible alzamiento militar. Sin embargo, lejos de tratarse de un asalto coordinado o un golpe de Estado, fuentes cercanas al operativo sugieren que el caos fue provocado por el propio aparato de seguridad del Estado.
Al parecer, se desplegaron drones de vigilancia sobre el palacio sin avisar a los efectivos que custodian la zona por tierra. Al ver los dispositivos sobrevolando el área restringida, los funcionarios reaccionaron siguiendo el protocolo de defensa y abrieron fuego contra los aparatos, creyendo que se trataba de una incursión hostil.
La confusión se prolongó porque la confirmación de que los drones eran "amigos" tardó más de la cuenta en llegar a la línea de fuego. Aunque hasta el momento no se reportan heridos ni daños de consideración, el hermetismo del Ejecutivo venezolano sigue siendo total.
Este episodio deja en evidencia las grietas en la comunicación de los cuerpos de seguridad de Venezuela, justo en el momento en que el control del mando está bajo la lupa internacional. En un país donde el clima político y militar está a flor de piel, cualquier movimiento en falso en el perímetro presidencial se interpreta como una amenaza directa al poder.
La tensión no es gratuita. El incidente ocurre apenas horas después de que Delcy Rodríguez asumiera la presidencia encargada, luego de la captura y traslado a Estados Unidos del presidente Nicolás Maduro, en un contexto de fragilidad política donde la falta de coordinación entre las fuerzas de seguridad puede desencadenar consecuencias imprevisibles.












