La saga de videojuegos Call of Duty ha sido durante años acusada de promover una visión militarista y pro-estadounidense de los conflictos internacionales. Ahora, la reciente captura del dictador venezolano Nicolás Maduro parece haber confirmado esas sospechas.
En 2013, el lanzamiento de Call of Duty: Ghosts generó una fuerte polémica en Venezuela. El juego presentaba a "La Federación", una alianza ficticia de países sudamericanos con Caracas como capital, como el principal enemigo de Estados Unidos. El entonces recién llegado al poder Nicolás Maduro interpretó que el juego asociaba a Venezuela con una amenaza militar global.
Siete años después, la realidad parece haber imitado a la ficción. Según el relato del propio presidente Donald Trump, fuerzas de élite estadounidenses lograron extraer a Maduro de una "fortaleza militar fuertemente vigilada en el corazón de Caracas". Esta operación quirúrgica sin grandes bajas recuerda a las misiones de los juegos de la saga Call of Duty.
Los teóricos de la conspiración podrían argumentar que la saga ha participado de la "programación predictiva", introduciendo narrativas que luego se hacen realidad. Pero quizás sea más sencillo entender que, dada la estrecha relación entre la industria de los videojuegos bélicos y el complejo militar-industrial estadounidense, era cuestión de tiempo que uno de estos juegos anticipara un futuro evento real.
Más allá de Call of Duty, otras sagas como Battlefield, Medal of Honor o Rainbow Six también han sido acusadas de promover una visión pro-militar y pro-estadounidense de los conflictos. Incluso el propio Ejército de EE.UU. desarrolló el juego "America's Army" como herramienta de comunicación y captación.
En definitiva, el caso de Maduro y Call of Duty: Ghosts parece confirmar que los videojuegos bélicos no son meros entretenimientos, sino verdaderos embajadores culturales del poder militar estadounidense. Una realidad que, como demuestra la captura del dictador venezolano, puede tener consecuencias tangibles en el mundo real.











