Jaime Laredo, el violinista, director y pedagogo boliviano, cerró una etapa excepcional en su vida al dirigir su último concierto al frente del Mannes School of Music's New York String Orchestra Seminar el pasado 28 de diciembre en el Carnegie Hall de Nueva York. Después de 33 años como director artístico y conductor de este prestigioso programa, Laredo pasa la batuta a su amigo y colega Michael Stern, quien asumirá el relevo en 2026.
Si bien no se trata de una despedida definitiva, ya que Laredo continuará como director invitado, el gesto tiene un profundo significado simbólico. Cierra un ciclo de magisterio silencioso, de transmisión rigurosa del oficio musical y de liderazgo ejercido sin estridencias, con la autoridad que solo concede la excelencia.
Nacido en Cochabamba en 1941, Jaime Laredo dejó Bolivia siendo apenas un niño. Su talento precoz lo llevó a formarse en Estados Unidos y, a los 17 años, a conquistar uno de los concursos más exigentes del planeta en 1959, el Concurso Reina Isabel de Bélgica. Desde entonces, su violín y su batuta han recorrido las principales salas y orquestas del mundo.
Pero la trayectoria de Laredo no se mide solo por escenarios, sino también por las huellas que ha dejado. Su regreso a Bolivia en 2014, tras más de tres décadas de ausencia, fue especial. Lejos de mostrarse como una figura distante, Laredo se presentó como un maestro dispuesto a sembrar. Junto a la pianista boliviana Ana María Vera y la Fundación Bolivia Clásica, ofreció conciertos, clases magistrales y, sobre todo, una señal poderosa: Bolivia también puede dialogar de tú a tú con la música clásica universal.
Esa semilla, junto a la de otros maestros como Ana María Vera e Irina Efanova, ha dado frutos. Hoy, jóvenes músicos bolivianos formados con esfuerzo propio y, en varios casos, con el impulso decisivo de Bolivia Clásica, se abren paso en el exigente circuito europeo. Nombres como Gabriel Bilbao, Lucas Viscarra Wilde, Mateo Viscarra Wilde y Carlos Lazarte son solo algunos ejemplos de esta nueva generación de talentos bolivianos que llevan la inspiración de Laredo más allá de nuestras fronteras.
El concierto del 28 de diciembre en el Carnegie Hall no fue solo el cierre de una etapa personal, sino la confirmación de un legado con sello boliviano, inscrito en una de las instituciones formativas más prestigiosas de Estados Unidos y proyectado, indirectamente, hacia jóvenes que hoy llevan esa inspiración más allá de nuestras fronteras.
Cuando la batuta cambia de manos, la música continúa. Y en ese continuo, Bolivia puede y debe reconocerse como tierra de maestros.











