El artículo analiza cómo la política en Ecuador se ha convertido en un "deporte de demolición" donde los adversarios son vistos como enemigos y no como oponentes legítimos. Esto ha llevado a una judicialización de la política, donde los debates se trasladan a las fiscalías y juzgados, dejando de lado los temas verdaderamente importantes para el país.
El texto señala que el problema no es negar la existencia de la corrupción, sino que cuando la justicia se percibe como selectiva, pierde autoridad moral. Esto genera que técnicos, académicos y servidores honestos prefieran mantenerse al margen, dejando el espacio a quienes tienen menos que perder.
Para salir de esta "política del enemigo", el artículo plantea la necesidad de establecer acuerdos sociales mínimos, como reconocer que el otro puede equivocarse sin ser delincuente, que criticar no es conspirar y que alternar en el poder es democracia, no "recuperación de la patria". Solo así, la política podrá volver a ser "el arte de convivir con el desacuerdo" y atender los problemas reales que aquejan al país.
El texto también incluye una serie de noticias breves relacionadas con temas judiciales, movilidad y emergencias en Ecuador, que refuerzan la idea de una política polarizada y centrada en conflictos, en lugar de en soluciones.
En resumen, el artículo plantea que la "política del enemigo" en Ecuador ha llevado a una crisis que aleja a los mejores cuadros y pone en riesgo la democracia. Para superarla, se requiere un mínimo de acuerdos que permitan recuperar la confianza en las instituciones y enfocar la discusión política en los temas verdaderamente importantes para el país.












