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Panamá, ejemplo de convivencia pacífica en un mundo polarizado por la religión

Panamá, ejemplo de convivencia pacífica en un mundo polarizado por la religión

En un mundo cada vez más polarizado por los conflictos religiosos, Panamá se erige como un ejemplo de convivencia pacífica. En un extenso artículo, el exdirector de La Prensa reflexiona sobre cómo la religión, que debería ser un refugio espiritual, se ha convertido en un arma política, cultural y militar en diversas partes del planeta.

El autor recuerda sus propias vivencias durante la Guerra de los Seis Días en Egipto, cuando las mezquitas se transformaron en altavoces de guerra y los discursos políticos clamaban por la destrucción del "enemigo religioso". Señala que este fenómeno no es nuevo, pues a lo largo de la historia la fe se ha utilizado para justificar cruzadas, inquisiciones y genocidios.

Hoy, en pleno siglo XXI, el mundo parece caminar nuevamente hacia la intolerancia religiosa. Conflictos en Medio Oriente, tensiones culturales en Europa, grupos extremistas en África y discursos divisivos en América revelan un patrón preocupante: la religión convertida en frontera, en trinchera, en instrumento de odio.

En medio de este panorama turbulento, Panamá representa algo profundamente valioso y ejemplar. En este país, comunidades de diversas creencias coexisten pacíficamente, sin levantarse unas contra otras. Panamá ha sido históricamente un puente, no solo geográfico, sino también cultural, donde inmigrantes de todo el mundo encontraron oportunidades, no confrontación.

Este equilibrio, señala el autor, no es casualidad, sino el fruto de una cultura de respeto cotidiano, una educación que ha promovido la convivencia y una sociedad que aprendió que la diversidad no es amenaza, sino riqueza. Sin embargo, advierte que este bien es frágil y enfrenta la amenaza de la polarización, los discursos de odio y la manipulación de la fe por intereses políticos.

Por eso, el autor hace un llamado urgente a la responsabilidad colectiva: a las autoridades, para que defiendan la convivencia; a las instituciones religiosas, para que no permitan que la fe se transforme en trincheras de odio; a los educadores, para que sigan sembrando valores de tolerancia; y a los ciudadanos, para que protejan la esencia de Panamá: vivir juntos sin miedo, sin fanatismo, sin imposición.

Panamá, concluye el autor, tiene la oportunidad y la responsabilidad de ser ejemplo para el mundo. Pero ese ejemplo solo sobrevivirá si se cuida conscientemente, de lo contrario, podría sucumbir ante la oscuridad del fanatismo.

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