El inicio del tercer siglo de la Honduras republicana llega en un momento de gran complejidad a nivel global. El orden mundial que prevaleció durante décadas ha sido desplazado por intereses hegemónicos rivales en un paisaje multipolar. Además, el populismo, ya sea de izquierda o derecha, confronta los intereses comerciales, de inversión y de seguridad, y amenaza los valores democráticos.
Es en este entorno internacional impredecible que el nuevo gobierno hondureño, surgido después de una administración autoritaria, ineficaz y percibida como corrupta, deberá navegar. Aquí, el interés nacional se verá cara a cara con el de otros actores globales, por lo que la diplomacia se convierte en una herramienta esencial.
El programa de gobierno anunciado durante la campaña electoral establece cinco objetivos prioritarios que pasan a formar parte de la política exterior del país: la gestión internacional de las inversiones, el desarrollo social, el fortalecimiento de la institucionalidad y la resiliencia ante el cambio climático. Para abordar estos desafíos, el gobierno buscará el apoyo de la cooperación internacional, el diálogo político regional e internacional, y la participación en instituciones multilaterales.
Después de cuatro años de una administración autoritaria, todo es prioritario en Honduras. Los nuevos objetivos deberán ser abordados de manera global y simultánea, lo que representa un reto de grandes proporciones. El gobierno entrante tendrá que actuar de manera veloz y contundente desde el primer día.
Tras la experiencia reciente, se espera que los mejores hondureños estén dispuestos a contribuir al progreso del país, dejando atrás los sectarismos y favoritismos. Será fundamental promover una meritocracia donde el futuro de la nación prevalezca sobre cualquier otro interés. Llegará el momento en que Honduras vuelva a ser respetada a nivel global y los ciudadanos puedan enorgullecerse de su país.












