El año 2025 dejó un balance económico de luces y sombras para Uruguay, con señales contradictorias que marcan los desafíos que el país no puede seguir evitando de cara al 2026.
Si bien el nivel de actividad se desaceleró, generando luces amarillas, el mercado laboral mostró una fortaleza inesperada, con récord de cotizantes en BPS, la tasa de empleo más alta de la última década y sectores que mantuvieron su dinamismo. Asimismo, el sector exportador cerró otro año de crecimiento y la inflación se mantuvo dentro de los rangos objetivo, permitiendo reducciones en la tasa de política monetaria.
Sin embargo, el país enfrenta retos clave que no pueden postergarse más. El déficit fiscal alcanzó niveles máximos en tres décadas, obligando a transparentar y enfrentar el problema. Además, persiste un desajuste entre la oferta y demanda de competencias, con sectores que no encuentran uruguayos capacitados mientras hay más de 100 mil compatriotas desempleados.
La educación secundaria exhibe altas tasas de deserción y bajo egreso, lo que compromete el crecimiento futuro. Sumado a ello, el avance de la inteligencia artificial plantea una reconversión laboral urgente, ante la perspectiva de que hasta el 70% de las tareas actuales puedan ser automatizadas.
En el plano internacional, el contexto no luce favorable para 2026, con caídas en los principales precios de productos exportables y un clima que afecta con creciente intensidad. Además, Uruguay debe aprovechar oportunidades en mercados clave como India y África, donde el crecimiento demográfico y económico abre nuevas posibilidades.
El 2026 debe ser el año de las concreciones, tanto en inversiones privadas, infraestructura pública y acuerdos de inserción internacional. Pero para ello, será clave mantener un debate de calidad, con honestidad intelectual y respeto, que permita diseñar las políticas adecuadas para enfrentar estos desafíos.












