El inicio de un nuevo año siempre trae expectativas, pero también exigencias concretas. Mañana, 2 de enero, en la Asamblea Nacional, el presidente de la República tendrá la oportunidad de ofrecer más pistas sobre cómo el país piensa enfrentar uno de sus retos más apremiantes: la generación de empleo. No se trata de una consigna más, sino de una urgencia que marca la vida cotidiana de miles de familias.
Panamá llega a este 2026 después de años difíciles. La pandemia de la Covid-19 dejó cicatrices profundas, a las que se sumaron endeudamientos acelerados y decisiones estructurales que fueron postergadas una y otra vez. Hoy, el margen para seguir esperando se ha reducido. Darle rumbo al país exige claridad, coherencia y acciones que conecten el crecimiento económico con el bienestar real de la población.
A esa agenda se suma una tarea que no admite dilaciones: la lucha contra la corrupción y la impunidad. Sin instituciones creíbles y sin consecuencias para quienes abusan del poder, cualquier esfuerzo económico o social queda incompleto. Combatir la corrupción no es solo una demanda ética, sino una condición indispensable para recuperar la confianza, atraer inversión y garantizar que los recursos públicos cumplan su propósito.
La clasificación de Panamá al Mundial puede servir como un impulso anímico colectivo, una muestra de que es posible avanzar cuando hay disciplina y objetivos claros. Esa energía positiva debería irradiar también hacia otras áreas esenciales: educación, salud, economía, justicia y transparencia. Que 2026 sea un año para encaminar esas materias en la dirección correcta, con responsabilidad y sentido de país.












