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La mentira política: cuando el poder pierde escrúpulos y la verdad regresa como búmeran

La mentira política: cuando el poder pierde escrúpulos y la verdad regresa como búmeran
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El poder de la mentira en la política es un fenómeno que ha ido en aumento en los últimos años. Lejos de ser un desliz o un error, la mentira se ha convertido en un método cada vez más utilizado por quienes buscan mantener o alcanzar el poder.

En este manifiesto, el autor analiza cómo la mentira política ha evolucionado, dejando atrás la timidez y presentándose de forma descarada, vestida de verdad recién planchada y con un brillo calculado. Ya no se arrastra ni se esconde, sino que desfila, se desliza hacia el oído colectivo como una caricia de serpiente. Su eficacia no radica en la fuerza, sino en la seducción.

El cinismo es el principal aliado de la mentira política. Esta no se sonroja, no pide disculpas, no rectifica, pues ha aprendido que en política negar con aplomo suele ser más rentable que reconocer con honestidad. Se alimenta del aplauso fácil, del miedo a la verdad desnuda y de la necesidad humana de creer en algo, incluso cuando ese algo es humo.

La mentira política no improvisa, actúa. Aspira al Oscar del poder, sonríe frente a las cámaras, llora cuando conviene y grita cuando la ignoran. El espectáculo no es accesorio, es el escenario natural de la mentira. Allí donde la política se convierte en espectáculo, la verdad estorba y la mentira se maquilla, se engalana y sale a escena proclamándose única estrella legítima.

Sin embargo, toda mentira que se instala en el poder comete el mismo error: creerse eterna. Supone que puede manipular sin límite, inventar enemigos, fabricar héroes y reescribir la historia a golpe de decreto, tuit o eslogan pegajoso. Confía en que la memoria es frágil y que la conciencia puede ser anestesiada de forma permanente.

Pero la conciencia no se extingue. Puede ser acallada, confundida, incluso momentáneamente sometida, pero no desaparece porque la dignidad no se negocia para siempre. La verdad, aunque tarde, siempre regresa y regresa como búmeran que vuelve con la fuerza del engaño lanzado; regresa como tambor que despierta al pueblo cuando el silencio parecía definitivo.

Y cuando la verdad vuelve, la mentira tiembla. Tiembla porque descubre que su reino era de humo, que su poder era prestado, que su brillo era maquillaje barato, comprendiendo que su voz altisonante no era más que eco hueco en un salón que alguna vez estuvo lleno y ahora está vacío.

La mentira en política puede gobernar, intimidar, seducir y engañar. Puede ganar elecciones, imponer narrativas y comprar conciencias frágiles. Pero no puede sembrar raíces porque las raíces necesitan tierra fértil, y la mentira solo deja ceniza. Donde gobierna la mentira no hay proyecto histórico, solo administración del engaño.

Por eso, cuando la verdad regresa, la mentira se deshace como humo, como disfraz empapado bajo la lluvia. Y el pueblo, ese que fue tratado como público, no como sujeto, despierta. Abre los ojos, respira hondo y reconoce lo que siempre supo, aunque intentaron hacerlo dudar: que la mentira puede ocupar el poder, pero nunca podrá ocupar la conciencia.

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