“Este es nuestro juego, no el de ellos”. Con estas palabras, Jürgen Klopp, el nuevo seleccionador nacional de fútbol de Alemania, se hizo eco del sentimiento de millones de aficionados en todo el mundo al condenar la aparente injerencia del presidente Donald Trump para anular la suspensión de la estrella estadounidense Folarin Balogun en un partido crucial del Mundial. La postura de Klopp sirve ahora como marco para entender la nueva tormenta que azota al deporte: el plan de la FIFA de vender acciones en futuras ediciones de la Copa del Mundo.
Esta propuesta ha generado una controversia inmediata, intensificada por las emotivas consecuencias de la reciente final de la Copa del Mundo en Norteamérica y, especialmente, por la creciente influencia de Donald Trump. La presunta implicación de Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner y yerno de Trump, ha transformado una noticia de negocios deportivos en un conflicto político. Aunque no hay una confirmación oficial de la participación directa de Trump y el plan de la FIFA no es ilegal, las naciones europeas amenazaron el pasado jueves con boicotear futuras ediciones del torneo.
La oposición no se limita a Europa; otras federaciones mundiales, incluida la de Norteamérica, también han manifestado su rechazo. La sospecha de los aficionados se ha alimentado no solo por el caso de Balogun, sino también por la irrupción de Trump en la celebración de la victoria de España y su estrecha relación con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, quien otorgó al mandatario estadounidense el primer Premio de la Paz de la FIFA. Esta situación fue reflejada en la portada del diario francés L’Equipe, que cuestionaba el rumbo del deporte con un montaje de Trump, Infantino y billetes flotando junto al trofeo dorado.
Desde la FIFA, se argumenta que este programa movilizará millones de dólares, incluyendo inversiones de Estados Unidos, destinados al desarrollo del fútbol base, beneficiando especialmente a países más pobres como Cabo Verde. El plan consiste en crear una filial independiente, financiada con capital privado, para gestionar los derechos comerciales y operativos de sus eventos. Mientras que esta medida podría ser mejor recibida en centros emergentes de África y Asia, la UEFA sostiene que el acuerdo es inmoral, afirmando que la FIFA no tiene derecho a vender un patrimonio que simplemente administra en fideicomiso para las próximas generaciones.
Este enfrentamiento ha sumido al fútbol en una suerte de guerra civil global. Los detractores temen que los nuevos inversores compren poder para influir en el deporte, aumentando la frecuencia de los Mundiales —que tradicionalmente se celebran cada cuatro años— o modificando las reglas para maximizar beneficios económicos. Un boicot de la UEFA afectaría el próximo Mundial femenino y podría privar al torneo masculino de potencias como España, Italia, Francia, Alemania e Inglaterra.
A este conflicto se suma la percepción de arrogancia de Gianni Infantino, quien recientemente calificó al Mundial como el mayor acontecimiento humano, social y cultural de la historia, ignorando hitos como la Revolución Industrial o la invención de la penicilina. Si bien existe una contradicción en los aficionados que aceptan la inversión de oligarcas en sus clubes pero rechazan el plan de la FIFA, la reacción negativa actual es más profunda. Refleja una sensación de despojo en una era donde fuerzas financieras globalizan un deporte de clase trabajadora, enriqueciendo a unos pocos y dejando atrás a las masas.
Muchos seguidores perciben que la FIFA pretende "americanizar" el deporte. Ejemplos triviales, como las pausas para hidratación, son vistos como excusas para introducir más cortes comerciales, emulando el ritmo intermitente de la NFL. Asimismo, la pausa prolongada en la final del Mundial para un espectáculo de medio tiempo con artistas como Madonna, Shakira y Justin Bieber, contrastó con la tradición europea de los estadios.
El fútbol se aferra a la idea de que "pertenece a los aficionados", una frase respaldada incluso por el primer ministro del Reino Unido, Andy Burnham. Aunque el deporte ya está controlado por multimillonarios y cadenas de televisión, la movilización popular ya demostró su fuerza en 2021 al frustrar la creación de la Superliga europea. Como señaló Bill Shankly, legendario entrenador del Liverpool: “Hay quienes creen que el fútbol es cuestión de vida o muerte. Estoy muy decepcionado con esa actitud. Les aseguro que es mucho, muchísimo más importante que eso”.


