Durante años, el caldo de huesos se posicionó como la bebida predilecta dentro del mundo del bienestar. Sin embargo, la tendencia ha dado un giro y plataformas como TikTok e Instagram han impulsado un nuevo favorito: el caldo de algas. A través de videos virales, se le atribuyen propiedades casi milagrosas, asegurando que es capaz de desinflamar el organismo, reparar la microbiota intestinal e incluso favorecer la pérdida de peso. Ante este auge, surge la interrogante sobre qué tan ciertos son estos beneficios desde una perspectiva científica y nutricional.
Aunque en Occidente se perciba como un descubrimiento reciente, el consumo de algas es una práctica milenaria en países como Japón, Corea y China. María Chirinos, nutricionista clínica y fundadora de Wellnessy Nutrición, explica que el dashi —un caldo basado principalmente en el alga kombu— es el pilar de numerosas recetas japonesas. Su expansión global ha sido impulsada por el crecimiento de la gastronomía asiática, el auge de las dietas basadas en plantas y el interés creciente por los alimentos funcionales.
Este fenómeno se intensificó tras la pandemia de COVID-19, periodo en el que aumentó el interés por fortalecer la salud a través de la alimentación. En este contexto, las algas ganaron protagonismo por su aporte de vitaminas, minerales y compuestos bioactivos. No obstante, la nutricionista Lillyan Loayza, de la Universidad Científica del Sur, advierte que existe una diferencia considerable entre las promesas de un video viral y los resultados reales de una preparación casera.
Desde el punto de vista gastronómico, el caldo de algas es valorado por su sabor umami, ese gusto intenso y profundo similar al de los hongos o los quesos maduros. Para su elaboración, las algas se cocinan lentamente en agua caliente, evitando que el líquido llegue a hervir. Según Loayza, esta técnica es fundamental para extraer los nutrientes sin deteriorar los componentes sensibles al calor, como ciertas vitaminas, potenciando además el sabor.
En cuanto a su perfil nutricional, el caldo de algas se diferencia marcadamente del de huesos. Mientras que este último destaca por sus proteínas y colágeno, el de algas es bajo en grasas y proteínas, pero rico en minerales esenciales como yodo, magnesio, calcio y potasio. Además, aporta pequeñas cantidades de fibra soluble, antioxidantes y compuestos bioactivos denominados alginatos. Aunque comparte el bajo aporte calórico del caldo de verduras, ofrece una riqueza mineral distinta.
Es importante señalar que no todas las algas son iguales; su composición varía según la especie. En el caso de Perú, no es necesario recurrir exclusivamente a insumos importados, ya que especies locales como el yuyo o el sargazo pueden utilizarse. De hecho, estas ya forman parte de la gastronomía nacional en platos como el chilcano, la parihuela o el chupe de mariscos.
A pesar de las promesas de salud, la evidencia científica es cautelosa. Isabel Ríos, nutricionista de Clínica Internacional, precisa que la mayor parte de las investigaciones se han realizado sobre algas enteras o extractos concentrados, y no específicamente sobre el caldo casero. Si bien hay resultados prometedores en salud cardiovascular, control de glucosa e intestino, aún falta comprender los mecanismos de acción y los efectos de un consumo habitual a largo plazo.
Uno de los puntos más críticos es la presencia de yodo, mineral esencial para la tiroides y la producción de hormonas T3 y T4 que regulan el metabolismo. Sin embargo, María Chirinos advierte que el exceso de yodo puede ser contraproducente, pudiendo alterar la función tiroidea y favorecer el hipotiroidismo, el hipertiroidismo o agravar enfermedades autoinmunes. Por ello, personas con enfermedades tiroideas, quienes consumen levotiroxina o amiodarona, pacientes con insuficiencia renal, embarazadas o mujeres en periodo de lactancia deben extremar precauciones, especialmente con el alga kombu.
Otro riesgo documentado es la capacidad de las algas para actuar como bioacumuladores. Esto significa que, además de nutrientes, pueden absorber metales pesados como arsénico, cadmio o plomo si crecen en aguas no controladas. Para mitigar este riesgo, se recomienda adquirir productos de marcas confiables y con origen certificado.
Finalmente, las especialistas sugieren preferir el caldo casero sobre las versiones comerciales, ya que estas últimas suelen contener aditivos como maltodextrina y potenciadores de sabor. Para una preparación óptima, se recomienda usar entre 5 y 10 centímetros de kombu por litro de agua, dejarlo en remojo 30 minutos y calentarlo gradualmente sin hervir. Asimismo, se aconseja consumir tanto el líquido como las algas cocidas para aprovechar la fibra y las vitaminas. Para un adulto sano, un consumo moderado de una taza, una o dos veces por semana, es considerado adecuado, siempre entendiendo que es un complemento nutricional y no un alimento terapéutico.


